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martes, 22 de mayo de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 29.



1996 publiqué un libro titulado Sueño, luego existo. Reflexiones para una educación en la esperanza que nació una mañana en la habitación de un hotel de Barcelona. En principio tenía pensado llamarlo Técnicas y recursos para la educación en los valores, pero una pequeña e inesperada experiencia, vivida en un centro comercial, me hizo cambiar de idea. Fue una experiencia tan inesperada y sorprendente para mí que, cuando me puse a escribirlo con nuevo título y contenido, decidí dedicar el primer capítulo a contar lo que ocurrió y viví aquella mañana.

Cubiertas de la primera y segunda edición del libro
"SUEÑO LUEGO EXISTO"

Hoy, pasados más de veinte años, ya con el libro definitivamente agotado, me apetece compartir un resumen de aquel primer capítulo. Fue una experiencia que difícilmente olvidaré y en la que, una vez más, intervino una canción como protagonista:

«Son las once de la noche. Me encuentro en la habitación de un hotel. Mañana no tengo ningún compromiso hasta la tarde y decido que, nada más levantarme, me quedaré en la habitación para iniciar el manuscrito de mi nuevo libro.

»[…] Suena el despertador, me ducho, desayuno y me dispongo a ordenar la mesa de la habitación del hotel sobre la que enseguida me pondré a escribir. Saco mi lápiz y me doy cuenta de que no tengo libreta. Uno tiene sus costumbres o sus manías particulares, y a mí me gusta estrenar libreta cada vez que me dispongo a escribir un nuevo libro; soy de esas personas a las que una libreta nueva y un lápiz, con mina del 0'5, les resultan imprescindibles para empezar a crear.

»Decido salir a la rambla para comprarme una libreta. Entro en una tienda, de esas en las que se vende de casi todo, y busco lo que necesito; una vez que lo encuentro, me dirijo a la caja, pago su importe y el dependiente, muy amable, introduce mi pequeña adquisición en una gran bolsa de un atractivo e intenso color rojo. Pienso que es mucha bolsa para tan poca libreta, pero no le doy mayor importancia.

»Ya en la calle, me llama la atención un gran texto que viene impreso en la bolsa que llevo en la mano: un texto que hasta ese momento me había pasado inadvertido. Me paro y lo leo lleno de curiosidad. "COMPRO, LUEGO EXISTO".


»¡Es alucinante! Mira por dónde, resulta que, como consecuencia de la necesidad que he sentido esta mañana de comprarme una libreta, acabo de tener la oportunidad de redescubrir y de tomar conciencia de que "existo"; un gran razonamiento y, por lo visto, una rotunda conclusión a la que he podido llegar, de forma inesperada y por sorpresa, gracias a eso a lo que hoy llamamos publicidad y sociedad de consumo.

»[…] Sigo caminando en dirección al hotel y, de vez en cuando, al pasar por un escaparate o por algún espejo, me miro y me contemplo con mi bolsa roja en la mano: "Compro, luego existo”. De repente, siento como si Descartes me acompañara en la imaginación y en el pensamiento; ¿quién le iba a decir a él que, prácticamente ya en el siglo XXI, su famosa frase iba a pasearse, airosa y manipulada, por una avenida? "Ya ves, amigo Descartes, parece que en la actualidad lo del pensar para existir no está de moda ni interesa demasiado; hoy por hoy "comprar" es lo más importante". 

»Ya en el hotel, antes de sentarme a escribir, hojeo el periódico. Mi mirada se detiene ante un gran titular de una noticia tomada de un informe de la Fundación Foessa: "El 20% de los españoles vive en la pobreza".


»Siento que la noticia me despierta un sentimiento de preocupación y de desgarro; un sentimiento diferente del que habitualmente me provocan informaciones como esta, y sin poder evitarlo dirijo de nuevo mi mirada hacia la bolsa roja que descansa en un rincón de la habitación: "Compro, luego existo".

»De repente, al volver a contemplarla, surge precipitada en mi sensibilidad la necesidad de coger un lápiz y de escribir algo en la primera página de mi nueva libreta:

»"Si el veinte por ciento de los españoles se encuentra bajo el umbral de la pobreza, esto quiere decir que prácticamente no pueden comprar; si no pueden comprar es que no existen; luego la cosa está clara: a pesar de lo que dice hoy el periódico, los pobres no existen. Conclusión: ¡Tranquilo Fernando!, ¡pasa la página!, ¡no hay por qué preocuparse! Déjate de silogismos y de tonterías y aprovecha el tiempo: ponte a escribir el nuevo libro".

Dibujo de FEDERICO DELICADO

»¡De tranquilo, nada!, me digo a mí mismo; y mi preocupación, transformada cada vez más en indignación, se acrecienta.

»¡No! Yo no estoy dispuesto a que se produzca en mi interior aquello que Vicente Molina Foix comentaba en uno de sus artículos: "La capacidad de condolencia del ser humano es limitada, como todos nuestros resortes ante el gran dolor, y llegados a un punto de costumbre en las desgracias, cedemos a la tentación de pasar la página".

»A mí me resulta cada vez más difícil acostumbrarme o refugiarme en la indiferencia ante el sufrimiento y el dolor.

»[…] Llegado a este punto de mis reflexiones, se me acrecientan las ganas y la necesidad de ponerme a escribir, pero me doy cuenta de que lo inesperadamente vivido en esta mañana me está llevando a replantearme el contenido de lo que en principio había pensado que podría ser este libro. No puedo, ni debo, desarrollar un libro sobre "técnicas y recursos para la educación en los valores" descontextualizado de la realidad en que esos valores tienen que ser descubiertos, vividos e interiorizados.

»[…] El tiempo pasa demasiado deprisa. Miro el reloj y me doy cuenta de que pronto serán las doce. Parece evidente que poco es lo que voy a escribir esta mañana. Decido relajarme. Me levanto, cojo el pequeño aparato de música que siempre me acompaña cuando salgo de viaje […] y busco una de las canciones que suelen acompañarme cuando me encuentro lejos de casa. Es una bella y apasionada canción de Lluís Llach que con frecuencia me sirve de antídoto en los momentos en que me tienta la oscuridad o me acorralan el desaliento y la impotencia. ¡Necesito volver a escucharla!



»Suena contundente la voz de Lluís. Cierro los ojos y escucho:

"Somniem.
Sí inevitablement, el somni d'avui com possibilitat del demà [...]
Per això, que ningú no s'avergonyeixi de dir, 
que ningú no s'avergonyeixi de cridar:
somniem, si, constantment, somniem sense límits en els somnis,
somniem fins l'inimaginable.
Somniem sempre,
i ho esperem tot, hem après l'art d'esperar, aquest art d'esperar
en nits interminables d'impotència; sabem esperar i ho esperem tot, tot…"
(«Somniem». Lluís Llach.)

»Miro el reloj: ya son casi las dos. Mi nueva libreta permanece sobre la mesa, casi intacta. Decido salir a comer y dejar para mañana, si no pasa nada, el momento de empezar a escribir, definitivamente, el libro que con tantas ganas pretendía empezar hoy.

»Me dispongo a salir de la habitación y, mientras me dirijo a la puerta, no puedo evitar volver a encontrarme con la bolsa provocadora; la miro y, por un momento, parece como si me sonriera con una especie de gesto agradecido, tal vez porque en algún momento temiese que, dada mi indignación, pudiera golpearla o destruirla; a veces, las cosas, cuando convives con ellas y llegan a formar parte de tu espacio más íntimo, parece que tienen alma.

»Entonces, un poco conmovido por su imaginado gesto, vuelvo a mi mesa, arranco una hoja de la libreta y, con un rotulador, imitando el tipo y el tamaño de letra del "Compro, luego existo", escribo una frase; una frase que en este momento sintetiza y expresa mis verdaderas e irrenunciables convicciones y mis sentimientos más profundos. Tomo una barra de pegamento y, rescatando la bolsa de su rincón, pego mi frase sobre ella: "SUEÑO, LUEGO EXISTO".


»Intuyo que la bolsa vuelve a sonreírme, ahora contenta y agradecida; se nota que le gusta su traje nuevo, y yo, al mirarla, esta vez feliz y satisfecho, tomo la decisión de retrasar mi almuerzo para hacer algo que me apetece mucho y que, aunque soy consciente de que tan solo es un pequeño gesto, en este momento, para mí es muy importante.

»Cojo cuidadosamente la bolsa y salgo con ella a la calle; mis pasos me llevan directamente hacia la puerta de la tienda en la que, a primera hora de la mañana, compré la libreta; durante un buen rato me dedico a pasear por la acera para suscitar la atención sobre todo de los transeúntes que, como yo, llevan una bolsa de aquella tienda en la mano; las reacciones de la gente son extraordinarias; hay quien me mira con cara de extrañeza, hay quien me sonríe, quien pasa de largo creyendo que estoy "chalao" y quienes, al comparar su bolsa con la mía, me regalan un sencillo gesto de complicidad. ¡Ha merecido la pena la experiencia!

»Poco después decido volver al hotel y en el camino llego a una conclusión: en el nuevo libro que empezaré a escribir mañana mismo tengo que contar la experiencia que acabo de vivir; es más, le voy a cambiar el título y hasta el contenido, voy a llamarlo: "SUEÑO, LUEGO EXISTO”».

jueves, 17 de mayo de 2018

ALBERTO CORTEZ Y FERNANDO LOBO. FELIZ ENCUENTRO ENTRE DISTINTAS GENERACIONES Y COMUNES SENSIBILIDADES.

Hace un ratillo mi buen amigo FERNANDO LOBO me mandaba este correo: «Anoche fui a escuchar a ALBERTO CORTEZ al teatro Falla de Cádiz. Fue un concierto muy emocionante. Me acordé mucho de ti y me puse a escribir.»

Seguidamente Fernando me copiaba el texto poético que había escrito. Es un hermoso texto con el que me siento totalmente identificado. Hace pocos días que yo estuve en el concierto de Alberto en el Teatro Apolo de Madrid y mis percepciones, latidos y sentimientos fueron los mismos.

¡Cuánto me ha emocionado y qué feliz me hace a mí este encuentro de Alberto Cortez con Fernando Lobo. Dos generaciones distintas de "canción de autor", dos cantautores verdaderamente auténticos y dos sensibilidades fundidas y hermanadas. ¡Grande Alberto y grande Fernando!.

Inmediatamente lo pensé y ahora lo hago feliz: Compartir el texto de Fernando, mi tocayo, y agradecerle su amistad y su sensibilidad... ¡Así es nuestro ALBERTO!



A ALBERTO CORTEZ
con 78 años

Aferrándote a cada nota,
como un náufrago al salvavidas.
Luchando 
por cada brizna 
de aire.

Crooner y poeta
desafiando al olvido,
sustituyendo la fuerza
por la sabiduría.

Bordando el fraseo
con primor
contra el tiempo,
sufriendo cada final
sin perder la sonrisa,
respirando aplausos
suspiros y emociones.

Titán de la ternura
con la voz arrugada,
mito sentado
con la dignidad intacta.
Corazón fatigado
mecido por el piano,
desgarrando el aire 
con cada verdad.

Plantando cara a los años,
con la mirada joven,
exprimiendo el alma,
la música y el verso.

Cantando,
como si fuera la última vez
(que es
la única manera
de cantar).


martes, 15 de mayo de 2018

PEP LLADÓ. UNA AUTOBIOGRAFÍA REALMENTE HERMOSA Y ESPERANZADORA.

Normalmente, cuando me propongo realizar en la web "CANCIÓN CON TODOS" la entrada de un cantautor o cantautora, suelo dirigirme a él, o a ella, para pedirles que me manden una "autobiografía con alma", es decir, que sea algo más que una fría enumeración de datos y que refleje, de alguna forma, la magia y el misterio de su gesto creador.

Hace unos días conocí personalmente en Barcelona a PEP LLADÓ. Tras ese encuentro he realizado una relajada inmersión en su universo musical y poético, y ha conseguido atraparme. Inmediatamente le he propuse entrar a formar parte, con su obra, en "CANCIÓN CON TODOS", y le pedí que me mandara su "autobiografía".

A los pocos días me mandó el texto que le había solicitado y, al leerlo, e incorporarlo en la web, consiguió emocionarme. Ya es sabido que para mí la "el despertar de la emoción" es el pórtico de lo que realmente valoro y me interesa. La autobiografía que PEP LLADÓ me ha mandado es realmente un texto muy hermoso y tremendamente esperanzador.

Es por ello, que aparte de incorporar ese texto en la web "CANCIÓN CON TODOS", me ha parecido muy importante reproducirlo también aquí, en mi blog, donde seguimos cantando como quien respira y donde su presencia va a ser imprescindible.

PEP LLADÓ.

«Nací –escribe PEP LLADÓ– y he vivido siempre en El Maresme, una comarca cercana a Barcelona, una estrecha franja de tierra entre las montañas de la Serralada Litoral y el mar. Las montañas del Maresme son más bien bajas y redondas, surcadas de plácidos senderos entre pinos y encinas. Las playas son de arena blanca, largas y tranquilas. Es una naturaleza amable que invita a ser habitada… casi siempre. Sucede que, muy de vez en cuando, es como si despertara un dragón dormido y los vientos se vuelven huracanados, los pequeños riachuelos, torrentes desbordados y el mar ruge tan fuerte como el Atlántico más embravecido en la Costa da Morte.


»Antes de empezar este pequeño relato de mi trayectoria vinculada a las canciones, quizás deba contar que la historia de mi vida e incluso mi carácter, tienen mucho que ver con la naturaleza de esta tierra donde vivo.

»Nací en Argentona el 14 de septiembre de 1961. Soy el mayor de seis hermanos. La música llego a mi vida, de manera intensa, en la adolescencia pero la poesía la llevo impregnada desde mi nacimiento. Mi padre ha escrito siempre poesía. Le recuerdo recitando sus poemas a mi madre y sobre todo, recuerdo levantarme de la cama a hurtadillas, cuando todos dormían y ver a mi padre sentado en la mesa del comedor, frente a un papel y bolígrafo en mano, con la mirada perdida como esperando que llegara de quien sabe dónde la rima que andaba buscando. A veces me descubro en ese mismo gesto y siento un agradecimiento emocionado.

»Como he dicho, la música llegó más tarde, con un piano de pared que trajo a casa mi tío. Creo que llego en el momento perfecto, justo cuando necesitaba con ansias un canal en el que fluyeran mis inquietudes de adolescente inadaptado. Y así vinieron las tardes escuchando vinilos con los amigos, los primeros grupos, el conservatorio y poco a poco me fui viendo a mí mismo como a un músico.


»Me siento afortunado de haber podido hacer de mi pasión el trabajo con el que he podido sustentar a mi familia. Solo por eso ya estoy inmensamente agradecido al destino, pero hay mucho más. Muy pronto me di cuenta de que componer canciones, incluso cuando estas respondían a encargos de terceros, pedía de mí que se abrieran esas puertas mágicas que conducen a nuestro universo interior. El acto de componer nos lleva siempre a mirar hacia adentro y escuchar nuestra alma, a buscar en los rincones escondidos de nuestra memoria y nuestros sentimientos. Esa es la única manera de conseguir el milagro de que aparezca una canción donde antes solo había silencio y un papel en blanco. Así, sin darme cuenta, sucedió que, componer canciones, además de ser mi oficio, se convirtió en la forma con la que yo me he ido explicando a mí mismo lo que me iba sucediendo a lo largo de mi vida.

»Con un poco de oficio y mucha implicación, me gané el pan felizmente durante muchos años ejerciendo de compositor, pianista y productor discográfico, hasta que a finales del año 2008 mi vida dio un vuelco inesperado. Loli, la que fue durante más de treinta años mi amada compañera, murió de forma repentina dejándome sumido en un mar de tristeza. Antes he hablado de los terribles temporales que a veces asolan las tierras apacibles del Maresme. Este fue el más terrible de todos ellos. Ya no era capaz de abrir esas puertas mágicas de las que antes hablaba, ya no podía viajar por los paisajes de mi mundo interior, ni tan siquiera podía enfrentarme al silencio y a la soledad sin que me inundara la tristeza más profunda y pensé que jamás podría volver a componer porqué jamás podría volver al lugar interior donde nacen las canciones.

»Sin embargo, tuve la suerte de tener a mi lado personas muy amadas que me hicieron ver que la vida me había proporcionado una herramienta poderosísima para afrontar mí duelo y esta herramienta eran los propios resortes que uno usa cuando compone. Gracias a estas personas, un día pude juntar el valor necesario para afrontar la empresa de componer las canciones más bellas que pudieran salir de mi corazón para hablar de Loli, del dolor atronador de su ausencia y de la promesa de la alegría que un día habría de ser capaz de sentir por la vida vivida a su lado. Acompañado por mis amigos, todos ellos músicos de gran talento, zarpé hacia el viaje interior más importante de mi vida: “Andar Contigo”.


»Durante más de un año estuve componiendo en soledad las canciones de este álbum. Ya no se trataba de cumplir con ningún encargo profesional, ni tan siquiera un impulso meramente artístico, se trataba de una guerra entre el dolor y la poesía en la que me estaba jugando la vida. Si el dolor vencía a la poesía, esta dejaría de tener sentido para siempre y sin poesía, la misma vida se convertía en algo sin sentido. Si, por el contrario, la poesía era capaz de vencer al dolor, se abría un camino de esperanza. Cada verso en las canciones de “Andar Contigo”, cada melodía, fueron pequeños pasos que me permitieron avanzar en este camino y si hoy estoy aquí escribiendo estas palabras es porqué venció la poesía y gracias a ella, pude aceptar y encauzar el gran dolor que me causaba la pérdida de mi amada Loli.

»"Andar Contigo" es un trabajo excepcional en todos los sentidos que cambió mi forma de relacionarme con la música. Quizás debido a eso, en los proyectos que le sucedieron, sentí un impulso que jamás había sentido con anterioridad, el de cantar yo mismo las canciones que componía. Quizás porqué el compromiso entre mis canciones y yo se había hecho más estrecho, quizás porque depositar mis canciones en la voz de otro cantante ahora se me antojaba un acto de cobardía, a mis cincuenta y tantos me hice, sin remedio, cantautor.»

viernes, 11 de mayo de 2018

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 28.



Aunque sea brevemente y de forma muy sintética, no puedo dejar de recordar unos años de mi vida, entre 1989 y 2001, en que me dediqué plenamente a la pedagogía aunque, por supuesto, sin arrinconar mi amor, a veces hasta un poco sádico, por la «canción de autor».

Trabajando en el colegio Aula Nueva, no sé ni cómo ni por qué, sufrí una rotura de menisco. El accidente coincidió con una larga huelga de la seguridad social que fue retrasando semana a semana la intervención quirúrgica que necesitaba con urgencia. Al final, como la baja por enfermedad se alargaba (ya habían pasado dos meses) y la lesión iba empeorando, no me quedó más remedio que ingeniármelas para operarme por lo privado. Felizmente, la intervención fue un éxito, pero el traumatólogo me aconsejó que durante un tiempo, además de hacer la imprescindible rehabilitación diaria, dejara la enseñanza, porque no era muy recomendable que pasara tantas horas de pie.

En aquellas circunstancias, por casualidad, una amiga que estaba trabajando como responsable de publicaciones en la Editorial Alhambra, decidió dejar el puesto y me propuso que la sustituyera. Me entrevisté con Eric Ruiz, que en aquel momento era el presidente de la editorial, y a los pocos días dejé el colegio y empece a trabajar en Alhambra como director editorial. Lo que decidí no abandonar fueron mis clases en la Escuela de Magisterio; continué con la optativa «Música, canción y pedagogía» en el turno de tarde.

Justo cuando empecé a trabajar en la Editorial Alhambra se acababa de aprobar la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo); una ley que planteaba la implantación de una «reforma educativa» que, en aquel momento, valoré muy positivamente.


De aquella Reforma Educativa lo más necesario e innovador, y lo que más me interesó, fue su dimensión ética. En concreto, el reto que planteaba sobre la imprescindible necesidad de afrontar una educación sistemática en los grandes valores democráticos, considerados como contenidos transversales en todas las áreas del aprendizaje y para todos los niveles educativos.

Me interesó tanto que, a partir de 1989, diseñé y lancé desde la editorial un gran proyecto educativo para apoyar la puesta en marcha y el desarrollo de la Reforma. Por aquellas mismas fechas, Alhambra fue comprada por el Grupo Longman, que respaldó en todo momento mi trabajo.


Dentro de aquel proyecto lancé diversos materiales dedicados a la formación del profesorado. Entre ellos, la revista Cuadernos de la reforma y una colección de pequeños manuales prácticos a los que llamé Documentos para la reforma. Curiosamente, uno de aquellos manuales, el titulado Educación en valores y diseño curricular, ha sido mi libro de mayor tirada; llegamos a imprimir más de cuarenta mil ejemplares.


Simultáneamente, coordiné el método y el material didáctico Chispa de Educación Infantil, de la autora Manuela Toro, magnífica maestra granadina. Método al que incorporé cinco casetes con canciones infantiles, la mayoría populares, arregladas e interpretadas por Francisco Curto.

A Francisco Curto le había descubierto y conocido en los años setenta a través de tres magníficos discos que grabó en París: Poema del Mio Cid (1971), La guerra civil española (1973) y Miguel Hernández (1974). A partir de ahí, entablamos una buena amistad y, nada más pensar en la grabación de aquellas canciones infantiles, le propuse que lo hiciera él. El resultado fue de una calidad sorprendente. Paco logró darle un tono auténticamente popular a las más de ciento veinte canciones que grabó. 

A su vez, junto a un formidable equipo de colaboradores, puse en marcha un proyecto de Educación Primaria y Secundaria al que llamé Albanta que fue apadrinado por Luis Eduardo Aute. Se trataba de un proyecto que se identificaba plenamente con lo que decía la letra de aquella canción. En Albanta nos planteamos como objetivo prioritario la posible creación de un mundo nuevo y de una nueva realidad en la que, como dice Aute, «amar sea la flor más perfecta que crezca en nuestro jardín». Por aquel proyecto recibimos el Premio Emilia Pardo Bazán del Ministerio de Educación.

También en Alambra-Longman, y de vuelta con las canciones, tuve el inmenso placer de trabajar con Manuel Picón y Olga Manzano en otro proyecto pedagógico radicalmente innovador al que titulamos Canciones y jueguercicios de ortografía y expresión escrita.

Un buen día me llamó Manuel Picón por teléfono y me contó algo en lo que venía trabajando junto con Olga, por si me parecía interesante publicarlo. Al día siguiente, quedamos en la editorial y su propuesta me entusiasmó. Consistía en un método para enseñar las normas de ortografía y los recursos básicos de la expresión escrita a través de canciones.

En lo que Manuel me presentó, por una parte se fundían la canción y la pedagogía, que como ya sabréis es una de mis obsesiones irrenunciables; y, por otra, tenía mucho que ver con lo que decía don Miguel de Unamuno: «El pueblo necesita que le canten mucho más que el que le enseñen», y con un principio didáctico muy tradicional, pero prácticamente olvidado, el de motivar la enseñanza de los niños cantando, o sea, «deleitando». 

El proyecto me pareció apasionante y lo llevamos a cabo. Se componía de dos casetes con diez canciones cada uno, acompañados de unos cuadernos en los que se trabajaba la norma ortográfica o el tema de expresión escrita que se abordaba en cada canción. 

Fue una experiencia inolvidable. Acompañé a Olga y a Manuel en la promoción del proyecto y la verdad es que, aunque no fue un gran éxito comercial, nos lo pasamos muy bien y vivimos momentos verdaderamente geniales, como el día en que Joaquín Prat y Alejo García se pusieron a bailar en sus programas de radio y comentaron en directo que aprender así, por ejemplo, lo que es una palabra esdrújula, ¡merecía la pena!


Con la Reforma Educativa a cuestas y con aventuras locas como la de Olga y Manuel, trabajé en Alambra-Longman hasta 1992, año en que tomé la decisión de dejar la empresa para volar durante un tiempo en libertad. 

En aquel momento estaba naciendo en mi corazón y en mi cabeza un nuevo proyecto educativo al que llamé Alauda, centrado exclusivamente en la Educación para la Paz, los Derechos Humanos y la Democracia. Un proyecto en el que pude contar con el apoyo y la colaboración de amigos insustituibles como Victoria Camps, Adela Cortina, José Antonio Pérez Tapia, Juan Delval, Juan Carlos Tedesco y Javier Lucini, mi hijo, que publicó un precioso libro prologado por Victoria Camps, titulado El cine en el universo de la Ética.

Cuando Alauda empezaba a ser una realidad y un sueño posible, recibí una llamada de Antonio Basanta, director general del Grupo Anaya, para ofrecerme su apoyo y el de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, para darle al proyecto un mayor impulso. Me ofreció la posibilidad de transformarlo en un Programa de Cooperación Iberoamérica. La idea me pareció entusiasmante y, sin dudarlo, me integré en Anaya y nos pusimos a ello. 

A aquel programa lo llamé Aprender a vivir y tuve la gran oportunidad y la enorme dicha de poder lanzarlo y trabajar en él por casi toda Latinoamérica: Argentina, Uruguay, Perú, Colombia, Chile, Ecuador, Paraguay, Venezuela, Puerto Rico, y prácticamente toda Centroamérica. Viajé por todos esos países durante un año y me enamoré «hasta las cachas» de todos y cada uno de ellos. Año intenso y muy feliz del que podría escribir otro libro y bien gordo.


Y la «canción de autor», ¡¿cómo no?!, también estuvo presente en aquel momento de mi vida. Decidí que Aprender a vivir tuviera una especie de himno, una canción que pudiera servir de punto de encuentro para todos los niños y adolescentes que se acercaran al proyecto. Y enseguida pensé que nadie podría componerla mejor que Bernardo Fuster y Luis Mendo, del grupo Suburbano. Hablé con ellos y se pusieron a crearla de inmediato. Una vez compuesta, la grabamos en un CD (se publicó en 1995) y la presentamos en un precioso concierto celebrado en el salón de actos de la Editorial Anaya. El texto de la canción es el siguiente:


«Quisiera que supieras
que aún es posible lo que nunca sucedió;
si en tu mirada no hay fronteras
¿por qué las vamos a poner
entre tú y yo?

Quisiera que naciera
un arco iris solidario entre los dos,
recuperar la primavera
y llenar las sombras del silencio
con tu voz.

Si aún soñamos con volar
es que vamos a volar
por más que el tiempo se nos llene
día a día de fronteras.
¡Aprender a vivir!
¡Aprender a vivir!

Quisiera que quisieras
dejar que hable esta noche el corazón
para que el miedo quede afuera
cuando se une el sentimiento y la razón.

Quisiera que supieras
que no estás solo, que yo voy donde tú vas,
que la esperanza es del que espera,
que a fin de cuentas lo importante
está en amar».

Un año antes, los días 19, 20 y 21 de mayo de 1994, la «canción de autor» también estuvo vinculada al proyecto Alauda y a Aprender a vivir en la clausura de un Congreso de Educación en Valores que también se celebró en el salón de actos de Anaya, en Madrid, con un concierto al que asistieron más de trescientos profesores. 

Organicé aquel concierto, que en realidad fue más bien una gran fiesta, con el nombre de Cantemos como quien respira en homenaje a Gabriel Celaya. Participaron José Antonio Labordeta, Luis Pastor, Pablo Guerrero, Marina Rossell, Luis Eduardo Aute, Pedro Guerra, Olga Manzano y Manuel Picón, Andrés Molina y Javier Álvarez, invitado muy especial que no esperábamos (llegó con Pedro y con Andrés) y al que prácticamente no conocíamos, que fue la gran novedad y la gran sorpresa y revelación de la noche.


No quiero extenderme más en aquellos años de mi vida dedicados principalmente a la pedagogía (que, como se habrá podido comprobar, también fueron parte de «mi vida entre canciones»). Sí que me gustaría, sin embargo, hacer mención de dos libros que publiqué en esos años y que tienen un especial significado para mí. Me refiero a Sueño luego existo. Reflexiones para una pedagogía de la esperanza y Crónica cantada de los silencios rotos. Voces y canciones de autor 1963-1997. A ellos voy a dedicarles los dos siguientes capítulos.