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sábado, 30 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 10



Ya con el título de maestro, Carmina Pascual, gran amiga y directora del colegio madrileño Aula Nueva en el que ya había colaborado como auxiliar en 1967, me ofreció trabajo y, por supuesto, acepté. Pero, en realidad, tendrían que pasar casi tres años para que pudiese empezar a dar clase de forma estable y definitiva. Como todos los «españolitos» varones, tenía que hacer la mili (¡me niego a llamarlo servicio militar!) que en aquel momento duraba dos años, era obligatoria y resultaba una absoluta pérdida de tiempo, sobre todo para personas como yo que, desde muy pequeño, he rechazado la violencia, he odiado las guerras y las armas y, en ese sentido, he adquirido una clara y definitiva vocación de desertor y antimilitarista.

Teniendo en cuenta aquella circunstancia, empecé a dar clases en Aula Nueva en el curso 1970-1971, consciente de que al curso siguiente, después de solicitar y agotar todas las prórrogas posibles, no me iba a quedar más remedio que regalar dos años de mi vida a los militares. Menos mal que, como después contaré, trampeé la situación como pude y conseguí que aquel tiempo llegara a ser bastante más útil y hasta más apasionante de lo que podía haberme imaginado.

El 6 de abril de 1971, aprovechando las vacaciones de Semana Santa, Tonona y yo decidimos casarnos y lo hicimos en Tenerife. Ese mismo día nos volvimos a Madrid y celebramos la noche de bodas en casa de mi madre aprovechando que ella, que fue la madrina, se había quedado a pasar unos días más en Tenerife. 

No hicimos viaje de novios, en primer lugar porque no teníamos dinero y, en segundo, porque habíamos alquilado un mini piso vacío justo al lado del de mi madre y teníamos que amueblarlo y acondicionarlo a ser posible antes de que yo tuviera que volver al colegio.

Jamás olvidaré aquel piso de la calle Quintiliano. Pasamos estrecheces, tuvimos mucho frío y vivimos mucho amor. Decidimos tener hijos pronto y en los ocho años que vivimos en aquella casa nacieron tres: Fernando, Javier y Maite (Dácil, la cuarta, nació poco después en un piso un poquito más grande que alquilamos en la calle Gómez Ulla).

Este ha sido mi equipo.

Tonona, que era aparejadora, aunque lo intentó, no logró encontrar trabajo. Por aquel tiempo, trabajar de aparejadora en Madrid, y recién casada, era prácticamente imposible. Por otra parte, ella había optado libremente, con una desbordante ternura y generosidad, por hacerse responsable directa de la crianza y la educación de nuestros hijos; tarea que, como todas las demás, procuramos compartir. Fue una experiencia que siempre que recuerdo me evoca la canción «Nos ocupamos del mar», de Javier y Jorge Krahe que justo descubrimos por aquel entonces, concretamente en 1973, interpretada por Rosa León en su primer LP, De alguna manera: «Nos ocupamos del mar / y tenemos dividida la tarea; / ella cuida de las olas / yo vigilo la marea / […] Todas las cosas tratamos / según es nuestro talante. / Yo lo que tiene importancia / ella todo lo importante. / Es cansado / por eso al llegar la noche / ella descansa a mi lado / mis manos en su costado».

Aquella primera casa, en Quintiliano, y años después la que alquilamos en Gómez Ulla, llegó a parecer, como decía Indio Juan, la «casa del cantautor». Recuerdo momentos, tenderetes, risas, canciones, conspiraciones, proyectos y charlas hasta altas horas de la madrugada con Olga Manzano y Manuel Picón, Hilario Camacho y Jean Pierre Torlois, Taburientes, Los Juglares, Los Calis, Claudina y Alberto Gambino, Moncho Alpuente, Pepe Menese, Carlos Cano, Caco Senante, Quintín, Ricardo Cantalapiedra, o, muy en particular, con nuestros muy queridos Amparo Gastón y Gabriel Celaya (Tonona y yo éramos como sus hijos).


El 15 de julio de 1971 llegó el momento temido, uno de esos momentos de mi vida que recuerdo con más rabia e impotencia. Tenía que presentarme por la mañana temprano en el C.I.R. (Centro de Instrucción de Reclutas) número 1 para empezar aquella mili que, para empezar, consistía en estar encerrado más de dos meses, soportar por narices un «machismo ibérico» de pata negra, doblegarte a una disciplina militar que tenía como objetivo anular la personalidad, aprender a usar las malditas y repugnantes armas y preparar, durante horas y horas, ese acto patriótico ridículo y absurdo de la jura de bandera.

Tonona estaba embarazada de nuestro primer hijo y decidimos que durante aquellos meses de acuartelamiento en los que difícilmente nos podríamos ver (las visitas dominicales al C.I.R. eran patéticas), se marcharía con sus padres a Tenerife.

Recuerdo perfectamente aquel día 15 de julio. El viaje en tren hasta Comenar Viejo. La llegada masiva de muchachos al campamento, la mayoría mucho más jóvenes que yo, cada uno con su macuto. Unos soldaduchos agresivos que nos daban órdenes y nos gritaban sin saber el motivo. Largas horas esperando no se sabía qué y tirados por el suelo. Un tipejo con galones que pasó por mi lado y me dijo: «Levántese, póngase firme y salude. Pa' que se vaya acostumbrando!». Y yo lloraba. 

Sí, lloraba de soledad, de rebeldía ante lo absurdo y de añoranza. ¡Qué difícil se me hacía pensar en Tonona tan lejos y en el hijo que ya empezábamos a sentir tan cerca! ¡Me buscaba las alas y no me las encontraba por ninguna parte!

Mi cartilla militar.

Durante varios días tomé la decisión de autoanularme y refugiarme, siempre que me fue posible, en el radiocasete con el que escuchaba las cintas que me había grabado previamente en casa temiéndome lo que podría ocurrir. ¡Cuánto me ayudaron, sin saberlo, Lluís Llach, Aguaviva, Humet, Aldolfo Celdrán, Serrat, Morente, Maria del Mar Bonet, Víctor y Vainica Doble! ¡Qué bien me habría venido tener en aquel momento la grabación de la canción «Un, dos, tres, cuatro» que Javier Álvarez interpretó y grabó en su primer disco publicado en 1995!).

Finalmente, pasada una semana, tomé una decisión. ¡Ya estaba bien! Tenía que alzar el vuelo y escaquearme como fuera de las horas de instrucción, de las teorías guerreras, de los pasos ligeros y de las interminables horas en el puesto de guardia. Lo pensé un buen rato y, de repente, se me ocurrió una posible estrategia para conseguirlo. 

Estaba sentado frente a mi barracón y me di cuenta de que sobre la puerta de entrada había un gran espacio de pared completamente en blanco. Así que, sin pensarlo mucho, fui directamente al despacho del capitán de mi unidad (creo que así se llamaba) y le comenté que estaría muy bien pintar un gran tanque en aquel muro; seguro que sería un puntazo para el día de la jura de bandera y la visita del capitán general. A aquel patriotazo le pareció una idea genial. Por supuesto, le dije inmediatamente que yo podía ocuparme de ello. Afirmación totalmente gratuita y arriesgada porque, en realidad, no tenía ni idea de como dibujar un tanque, y mucho menos a tamaño gigante y en una pared. No había pintado un tanque en mi vida. «Lo que pasa», le comenté, «es que hay que poner un andamio. La pared es grande y tardaré en hacerlo». ¡Sin problema! Llamó al sargento y le dijo: «Que se ponga ahí un andamio ahora mismo y que el recluta Lucini empiece cuanto antes a pintar el tanque». Para realizar aquella misión me dieron de baja de la instrucción, de las teóricas, de las guardias y hasta de la cocina, ¡y a pintar!

Aquella misma noche pensé que haría el dibujo utilizando el sistema de cuadricular lo más posible la ilustración de un tanque tomada de un libro, reproducir la cuadrícula en la pared y después, despacito (había que alargar el proceso lo más posible), ir copiando, primero a lápiz y luego con un pincel, lo que se veía en cada recuadro. Me instalaron el andamio, me puse a pintar, me salió sorprendentemente bien, me felicitaron e, incluso, cuando lo terminé, hasta conseguí un permiso especial de fin de semana.

Por otra parte, le hice saber al capitán que yo era maestro. Así que por las tardes empecé a darle clases a un compañero recluta, albañil de profesión, que era analfabeto integral. En aquel tiempo, el analfabetismo existía ¡y de qué manera! Recuerdo que conseguí enseñarle a leer y a escribir en dos meses utilizando un método, o mejor una estrategia, que tuve que improvisar. 

Empecé leyéndole, a petición suya, las cartas que cada semana le mandaba su novia y escribiéndole las respuestas que él mismo me dictaba. Pasados unos días, le hice sentir que aquella correspondencia era en realidad algo muy íntimo y le propuse que, aprovechando que lo de las cartas era una necesidad y una gran motivación para él, podría intentar enseñarle a leer y a escribir y, así conseguir que pudiera comunicarse con su novia en privado y sin necesitarme. Recuerdo que las dos primeras palabras que le enseñé a leer y a escribir fueron «te amo». Al final, Rafa consiguió escribir cartas muy simples y repletas de faltas de ortografía, pero os aseguro que rebosantes de cariño y agradecimiento. Después del campamento estuvimos en contacto un tiempo. Hoy no sé que habrá sido de él. Me haría muy feliz volver a encontrarle.

El último episodio de mi pasada por Colmenar Viejo que me apetece compartir es la forma en que me fue otorgado un atributo personal que figura en mi expediente militar y del que me siento muy orgulloso: «Inútil en lanzamiento de granadas». 

"¡Un, dos, tres...!" Jurando bandera por narices y, por supuesto,
maldiciendo la guerra, las armas y la violencia. Eso sí, conseguí
que me otorgaran el atributo de: "Inútil en lanzamiento de granadas".

El caso es que durante la mili, cuando nos llevaban a hacer prácticas de tiro y había que hacer pruebas de lanzamiento de granada, yo las lanzaba de tal forma que su trayectoria era muy corta y tenía tan poco alcance que acababa siendo una verdadera amenaza no para el enemigo, sino para los propios atacantes. Me hicieron repetir el lanzamiento no sé cuantas veces y ¡nada! Aquello me producía tanta repugnancia que cada vez procuraba hacerlo peor, con menos energía y menos impulso. Al final el sargento me dijo: «¡Eres un inútil!». Y ante el riesgo que podía provocar mi inutilidad en caso de guerra, decidieron que eso quedara inscrito en mi expediente. ¡Bendita inutilidad!

El 30 de septiembre de 1971, tras la jura de bandera, finalizó mi instrucción militar en Colmenar y me trasladaron a la Escuela Politécnica Superior del Ejército, en Madrid, donde conseguí trabajar por las mañanas de secretario de un nuevo capitán. Dada mi condición de casado y a la espera de un hijo, conseguí que me concedieran el pase pernocta, que era un permiso especial para pasar las tardes y las noches fuera del cuartel, menos cuando me tocaba padecer aquellas interminables horas en el puesto de guardia.

Tonona volvió de Tenerife y reemprendimos la vida juntos manteniéndonos de lo que me pagaban en el colegio por las horas que iba por la tarde, y dando, los dos, clases particulares. Por las noches empezamos a ir a algunos conciertos en los que conocimos personalmente a Elisa Serna, Pablo Guerrero, Luis Pastor (que ya vivía en Vallecas), Ricardo Cantalapiedra, Ana Belén, Víctor, Gerena y Aute.

El 25 de marzo de 1972 nació nuestro primer hijo, Fernando. Y, felizmente, el 15 de julio de 1973, acabé la mili y pasé oficialmente a la reserva. Aquel día pensé, lo recuerdo muy bien: «¡A la mierda! ¡A mí no me volvéis a pillar ni loco!».


Mientras tanto, Carlos Cano, en representación del colectivo sureño «Manifiesto Canción del Sur», participó en el Primer Homenaje Mundial de la UNESCO a Federico García Lorca, celebrado en París el 14 de diciembre de 1972. Homenaje en el que, además de Carlos, participaron Amancio Prada, Enrique Morente, Manuel Gerena, Manuel Cano, Francis Bebey (de Camerún) y Drahomira Biligova (pianista nacida en Bratislava).

Carlos Cano, diciembre de 1972, en París.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 9.



Cuando tuve que abandonar el Junior y me quedé en la calle sin saber qué hacer de mi vida, mi familia, sobre todo mi madre, me recomendó que me presentara a unas oposiciones que acababa de convocar el Banco de España, no recuerdo muy bien para qué tipo de trabajo.

Yo, preocupado en aquel momento por el futuro, a sabiendas de que aquella propuesta no me interesaba nada, les hice caso y me presenté en la Central del Banco, que sigue estando en Cibeles, para que me informaran y me dieran el papeleo necesario para realizar los trámites burocráticos previos a opositar.

Recuerdo que tuve que hacer una cola muy larga y que, cuando llegué por fin a la ventanilla, una señorita, harta ya de repetir lo mismo un montón de veces al día, decidió no dirigirme la palabra, se limitó a darme un sobre repleto de papeles y a exclamar: «¡El siguiente!».

Ya fuera del Banco (hacía un día maravilloso) y sin abrir el sobre, subí hacia la Puerta de Alcalá donde me esperaba Tonona, que estaba pasando unos días en Madrid. Nos sentamos en uno de nuestros chiringuitos preferidos del Retiro, pedimos una cerveza y creo que, al mirarnos, pensamos lo mismo: «¿Qué hace un tipo como tú con un sobre lleno de papeles para opositar a "no sé qué" en el Banco de España?». Conclusión: el sobre sin abrir quedó abandonado en una papelera y nosotros nos buscamos un banco de los otros que no estuviera muy visible para hartarnos a besos. La decisión estaba tomada. Estudiar Magisterio, que era lo que de verdad me gustaba.


Me matriculé y empecé a estudiar en la Escuela de Magisterio Pablo Montesinos en septiembre de 1967. Fueron tres años de estudio inolvidables, no tanto por lo que aprendí en las clases, que también, sino por lo mucho, muchísimo, que pude leer e investigar a través de la bibliografía que se nos recomendaba en cada asignatura y la que yo mismo me buscaba. Tres años de estudio que concluyeron el 2l de julio de 1970 según figura en mi Título de Maestro de Primera Enseñanza ratificado, ni más ni menos, que por S. E. el Jefe de Estado Español. 

Acabé la carrera con Sobresaliente y muchas ganas y necesidad de ponerme a trabajar. Y con un montón de amigos de quienes lamentablemente he perdido la pista.

De aquellos tres años en la escuela de Magisterio tengo muchísimos y muy buenos recuerdos; así como numerosas experiencias de aprendizaje que luego han sido fundamentales en mi vida. De entre todas hay una que en este momento me parece imprescindible recordar, ya comprenderéis el motivo.

Un día, en clase de Pedagogía General, la profesora Paz Ramos (por cierto, maravillosa e inolvidable) nos sugirió la lectura del libro Amor y pedagogía de Don Miguel de Unamuno. La propuesta me encantó porque hacía bastante tiempo que admiraba mucho a Don Miguel. Hubo una época, estando todavía en Jaén, en que me compré y leí varias de sus obras publicadas en la magnífica colección Austral de Espasa Calpe. 

Por aquella época tenía la costumbre de subrayar en los libros las frases o los párrafos que más me impactaban o llamaban mi atención. Lo hacía con bolígrafo azul o rojo, según la intensidad del impacto; por supuesto, el rojo lo utilizaba en los textos que me producían mayor emoción o con los que me sentía más identificado.

Pues bien, aprovechando la sugerencia de la profesora, antes de comprarme el libro que nos había recomendado, busqué entre mi pequeña biblioteca personal las obras de Miguel Unamuno que viajaron conmigo de Jaén a Madrid. Entre ellas encontré un libro que me llamó la atención porque estaba más deteriorado que los demás. Evidenciaba las huellas y las consecuencias de haber sido más leído y manoseado que los otros. Se trataba de Almas de jóvenes (1958), que recoge ocho ensayos de Unamuno.

Me sorprendió que el libro lo tuviera tan subrayado, sobre todo el ensayo «Los naturales y los espirituales». ¡Subrayado y en rojo!, de lo que deduzco que la primera vez que que lo leí, calculo que a principios de los sesenta, debió de causarme una gran impresión.

Volví a leer aquel ensayo fijándome especialmente en los textos subrayados y me di cuenta de que no solo seguía identificándome con ellos, sino que incluso había algunas expresiones y afirmaciones del gran filósofo que, pasados los años, tenían incluso una mayor significación para mí, sobre todo en aquel momento en que buscaba y empezaba a encontrar la relación necesaria entre la «canción de autor» y la pedagogía.

Estos son tres de aquellos textos subrayados:

«Hasta las más elevadas hipótesis de la ciencia y de los intelectuales hay que hacerlas poesía, que es el alimento que recibe el pueblo, no hay doctrina que se asimile mientras no se haga poética».

«Debemos todos abrirnos ante el pueblo el pecho del alma, desgarrarnos las vestiduras espirituales, y mostrándole nuestras entrañas decirle: “He aquí el hombre”. Y el pueblo que se eduque a ver hombres acabará por buscarse, zahondar en sus entrañas espirituales, descubrir en ellas la fuente de la vida, y decir a los demás pueblos: "¡He aquí el pueblo!”».

«El pueblo necesita que le canten, que le rían y que le lloren mucho más que el que le enseñen».

¡Totalmente de acuerdo! Ya lo creía entonces y hoy en día mucho más. «El pueblo necesita que le CANTEN mucho más que el que le enseñen». Breve pero genial e inolvidable lección magistral de Don Miguel de Unamuno.

Mientras tanto, entre 1967 y 1970, la «canción de autor» seguía naciendo y extendiéndose por todos los rincones de nuestro país sin que nada ni nadie pudiera detenerla, o sea, burlando hábil y descaradamente a la censura.

El 24 de marzo de 1968, en Galicia, ADE (Asociación Democrática de Estudiantes), apoyada por algunos profesores y catedráticos universitarios, tomó la iniciativa de organizar un primer recital de «canción gallega» en la Escuela de Peritos Agrícolas de Lugo en el que iban a actuar dos jovencísimos cantautores: Benedicto y Xavier González del Valle. El recital no pudo celebrarse porque, aun habiendo sido previamente autorizado, fue prohibido por el gobernador civil una hora antes de iniciarse.

Aquella inexplicable suspensión se convirtió en una especie de reto que desencadenó una mayor y cada vez más urgente necesidad de cantar en gallego. Justamente un mes después, el 26 de abril, se organizó un nuevo recital en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago que sí pudo celebrarse y en el que actuaron, además de Benedicto y Xavier, Xerardo Moscoso, Vicente Araguas, Guillermo Roxo y el poeta Alfredo Conde. A partir de ahí surgió el nacimiento del colectivo de cantautores «Voces Ceibes» al que se unieron, entre otros, Suso Vaamonde, Miro Casabella y Bibiano. 


En esa misma línea de creación poética y musical surgieron también otras voces como las de Xoan Rubia o Jei Noguerol. Imposible olvidar a Andrés do Barro que, en otro contexto, grabó en 1969 su primer single con cuatro canciones interpretadas en gallego.

Ese mismo año, 1968, el poeta Juan de Loxa fundó en Granada el colectivo «Manifiesto Canción del Sur» integrado por Antonio Mata, Carlos Cano, Esteban Valdivieso, Nande Ferrer (Antonio Fernández Ferrer), Enrique Morataya, Ángel Luis Luque, Juan Titos, Pascual Pérez de Chaparro, José María Agüí, Miguel Ángel González, Raúl Alcover y Aurora Moreno. Colectivo sureño que se presentó oficialmente en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Granada el 14 de febrero de 1969.


A su vez, en Sevilla, Gonzalo García Pelayo y Gualberto García fundaron Smash, una banda de rock progresivo, y crearon el llamado «Manifiesto del borde», definido por el crítico Jesús Ordovás en su obra Historia de la música pop española (Alianza, 1987) como «el primer documento escrito en el que un grupo de rock español se plantea el hacer música como algo unido indisolublemente a una visión del mundo y a una forma de vida. […] La diversión no es el cachondeo, sino la bronca que te pega la belleza».

Simultáneamente, en la Universidad de La Laguna (Tenerife) se organizaron, dentro del programa de actividades culturales universitarias, los llamados «recitales de poesía y canciones», de los que surgió en 1970 el colectivo canario «Pueblo, Palabra y Canción» en el que participaron, entre otros, Juan Carlos Senante, Julio Fajardo, Pepe Paco, Suso Junco, Manuel Luis Medina y grupos como Taburiente, Canto 7, Magna 12, Chácara, o Pluma y Voz.

También en 1968 José Antonio Labordeta, aragonés, grabó su primer single en la empresa discográfica Fidias-Edumsa con el sello Andros; un disco que incluyó cuatro de sus primeras canciones: «Réquiem por un pequeño burgués», «Los leñeras», «Los masoveros» y «Las arcillas». Esta grabación que pasaría prácticamente inadvertida hasta su reaparición en 1971, incorporada al libro de José Antonio Cantar y callar, pórtico de lo que inmediatamente iba a originar el nacimiento de una «nueva canción aragonesa» a la que, junto a Labordeta, se incorporaron, entre otros, Tomás Bosque, Joaquín Carbonell, Ana Martín y Valentín Mairal.


En esos mismos años, Joan Manuel Serrat decidió empezar a cantar en castellano, sin dejar de hacerlo también en catalán, y publicó su LP dedicado a Antonio Machado. Mientras Lluís Llach nos ofrecía un álbum recopilatorio de sus primeros éxitos en catalán. También grabaron sus primeros discos Maria del Mar Bonet, Quico Pi de la Serra, Guillermina Motta, Ovidi Montllor, Enric Barbat, Rafael Subirach, Delfí Abella, Dolores Laffitte, Pau Riba, Jaume Arnella y Xabier Ribalta. En el País Vasco lo hicieron Mikel Laboa, Benito Lertxundi, Lourdes Irionso, Xavier Lete e Imanol. Los nuevos cantautores gallegos nos ofrecieron sus primeras grabaciones con el sello discográfico Xistral, de Edigsa, y se grabó y editó en Venezuela el disco Galicia Canta con Benedicto, Xerardo Moscoso, Miro Casabella Guillermo Roxo, Xoan Rubia, Xurxo Formoso y la colaboración de Celso Emilio Ferreiro. Aute publicó Diálogos de Rodrigo y Ximena y sus 24 canciones breves, Patxi Andión nos compartió sus Retratos y Manolo Díaz, tras grabar sus primeros discos, lanzó junto a José Antonio Muñoz al grupo Aguaviva con su primer LP Cada vez más cerca. Aparecieron las maravillosas Vainica Doble, los primeros singles de Pablo Guerrero, que había llegado a Madrid procedente de Extremadura, y las primeras canciones de Víctor Manuel llegadas de Asturias. Grabaron Hilario Camacho, Elisa Serna, Adolfo Celdrán y surgió el grupo Almas Humildes, liderado por Antonio Resines. Moncho Alpuente apareció con su grupo Las Madres del Cordero y nos sorprendió muy gratamente con el espectáculo Castañuela 70. Por su parte, Ismael y Paco Ibáñez seguían en el exilio cantando a nuestros poetas.

Y yo en Madrid, estudiando Magisterio, informándome y empapándome de todo ese «nuevo cantar» naciente, empezando a tener mi primera colección de vinilos y, ya en aquel momento, totalmente convencido de lo que, años después, escribiría Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo de uno de mis libros: que la «canción de autor» es «paisaje de un tiempo, huella de quienes la cantaron y fotografía de los suspiros tolerados y prohibidos de una sociedad».

sábado, 23 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 8.



Identifico 1966 y 1967 como un tiempo de mi vida en el que tuve la suerte y el placer de realizar grandes descubrimientos personales y, a partir de ahí, adquirir algunas convicciones radicales  relacionadas con el universo de la pedagogía y la «canción de autor»; convicciones tan importantes para mí, que después de cincuenta años sigo manteniéndolas tal y como nacieron en aquel entonces.

Por una parte, a lo largo de 1966, proseguí dirigiendo desde Madrid el Movimiento Junior y trabajando para consolidar su identidad como un colectivo comprometido y solidario, siempre con la mirada puesta en la realización de los deseados y necesarios derechos humanos, tan imprescindibles y tan ausentes en aquel momento.

El año anterior, los días 26 al 29 de junio, participé junto con los compañeros que dirigían los Movimientos Especializados de Acción Católica (JIC, JEC, JOC, JARC), en la preparación y la celebración de un encuentro histórico que se realizó en Madrid y al que llamamos Asamblea de la Juventud. Participaron más de dos mil jóvenes de todo el Estado y, a partir de un estudio y una reflexión sobre la lamentable realidad política de nuestro país, así como de la situación vivida por la juventud del momento, redactamos y se hizo público un manifiesto, El Manifiesto de la Juventud, exigiendo a la Iglesia, a la sociedad y a los propios jóvenes, una actitud crítica y comprometida en defensa de la libertad y en contra de la dictadura del General Franco y sus posicionamientos represivos.

Tras aquella Asamblea, en el Junior, en reuniones, encuentros y publicaciones, fuimos concretando cómo podía y debía hacerse operativo, a nivel infantil y adolescente, ese compromiso social y de alguna forma político en el que, desde nuestra perspectiva, ser cristiano era totalmente inseparable de ser libre y democrático. Proceso que, por supuesto, implicó la creación y el desarrollo de una pedagogía muy concreta que nada tenía que ver con la que oficialmente se trazaba desde el Ministerio de Educación Nacional para las escuelas.

Recuerdo que en el proceso de planificación y concreción pedagógica del Junior influyó radicalmente en mí el pensamiento del gran filósofo brasileño Paulo Freire y su «Pedagogía de la liberación». Concretamente, en aquel momento, uno de mis libros de cabecera fue una especie de edición pirata de su obra La educación como práctica de la libertad. Tres años más tarde pude disfrutar de su obra maestra, Pedagogía del oprimido, que para mí fue tan importante, o más, que la mismísima Biblia. No podía ni imaginarme en aquellas circunstancias que en 1979 conocería personalmente a Paulo Freire, que entablaríamos una bonita complicidad y que podría contar con su colaboración en mi libro Música, canción y pedagogía, publicado al año siguiente.


1966 fue realmente intenso, un año de muchos viajes y de los primeros encuentros internacionales en París con responsables y camaradas del MIDADE (Mouvement International d'Apostolat des Enfants). Recuerdo perfectamente, casi minuto a minuto, aquella primera salida de España. En aquel entonces, la responsable del Junior femenino era Merche de Frutos. Viajamos juntos. Fue impresionante cruzar la frontera, y más aún encontrarme con otros jóvenes como yo, procedentes de cincuenta y tres países, con los que compartí proyectos, sueños y esperanzas comunes. Por cierto, luego volveré a recordarlo, en aquel primer viaje a París visité por primera vez el mítico Teatro Olympia. Aquel día cantaba Julliette Gréco. Dos meses después, el 7 de junio, lo hizo Raimon. Al regreso de París, mi maleta llegó a España cargada de vinilos, entre ellos, por supuesto, varios singles de Edith Piaf, Leó Ferré, Jacques Brel y, por supuesto, Georges Brassens. ¡Aquello fue una ruina!


Al año siguiente, 1967, todo empezó a cambiar. Como era de esperar, el sector integrista de la Iglesia Católica, y en concreto los obispos que lo representaban y lideraban, que eran la mayoría, en una descarada alianza con la dictadura franquista, no podía tolerar ni apoyar lo que los jóvenes habíamos firmado y proclamado en el Manifiesto de la Juventud, y mucho menos que lo estuviéramos poniendo en práctica. 

Aquella toma de posición reaccionaria de un gran sector del episcopado empezó a provocar por parte de la jerarquía eclesiástica una estrategia de retirada de confianza y falta de apoyo a la Acción Católica juvenil; estrategia que tuvo como consecuencia un inmediato acoso represivo del Gobierno y de la policía que hizo inviable nuestro trabajo y puso en peligro nuestra seguridad personal. Esta situación, antes de que nos echaran, nos forzó a pedir la dimisión, a dejar nuestro trabajo como responsables nacionales y a quedarnos en la calle, por supuesto, sin ningún tipo de reconocimiento, indemnización o derecho. Evidentemente, aquellos fueron años de trabajo que jamás han figurado en mi vida laboral. Así se entendía la justicia social por parte de aquel sector eclesiástico.

En la calle, sin un duro, sin trabajo y, además, fichado por la policía, me fui a vivir a casa de mis padres. Mi padre se encontraba cada día más enfermo; poco tiempo después, murió en paz y sintiéndose querido.

Dada la situación en que me vi, tuve que plantearme qué hacer para poder seguir ayudando económicamente a mi familia y afrontar mi propio futuro. 

En un principio, José Manuel Estepa, sacerdote con el que había trabajado codo con codo en el Junior, me encontró un trabajo como auxiliar en el Colegio Privado Aula Nueva. Un maravilloso colegio pequeño y familiar, que dirigía Carmina Pascual, compañera en aquel momento del director de cine Basilio Martín Patino. Cuidé los patios y los comedores. Impartí algunas clases de religión e incluso hice de sustituto cuando faltó algún profesor.

Colegio "Aula Nueva".
Obra del arquitecto salmantino Antonio Fernández Alba.

Aquella primera experiencia escolar, unida a todo lo vivido en el Junior, me provocó una de mis primeras y más importantes convicciones de aquel entonces. Mi futuro personal y profesional iba a estar en la pedagogía y, por tanto, debía ponerme a realizar cuanto antes la carrera de maestro; palabra que, por cierto, siempre me ha gustado muchísimo más que profesor.

En septiembre de 1967, me matriculé en la Escuela de Magisterio Pablo Montesinos de Madrid e inicié el primer curso para poder llegar a ejercer como maestro de Primera Enseñanza. Mientras tanto, para poder sobrevivir, seguí colaborando en el colegio Aula Nueva y empecé a dar algunas clases particulares a niños con dificultades para el aprendizaje.

Simultáneamente, mi vida y mis intereses personales siguieron enganchados al universo de la «canción de autor». 

Aprovechando los muchos viajes que tuve que realizar en aquella época y dedicándole todo el tiempo libre de que disponía, no cesé de perseguir y descubrir las novedades que se iban produciendo por todo el país relacionadas con ese universo musical y poético. Así, y casi sin darme cuenta, la «canción de autor» empezó a convertirse, definitivamente, en una compañera de camino necesaria y enriquecedora. 

Lo he escrito en algún capítulo anterior, lo he dicho muchas veces y lo repetiré muchas más, cuantas sean necesarias, es otra de mi convicciones: yo soy lo que soy y he construido parte importante de mi identidad gracias a la «canción de autor», o sea, gracias a cientos de canciones que, a lo largo de mi vida, han puesto patas arriba mis sentimientos y mi sensibilidad. Canciones que me han mostrado realidades que no conocía o que me habían pasado desapercibidas. Canciones para amar y para desahogar desamores; para reír y para llorar; para la compasión y para la ternura. Canciones para soñar y para la revolución libertaria. Canciones apasionadas, valientes, hermosas, comprometidas, revolucionarias; a fin de cuentas latidos y suspiros que consiguieron emocionarme y hacerme sentir vivo.

Seguimos estando en los años 1966 y 1967. Mikel Laboa, que ya había grabado su primer single, Azquen en Bayona, al finalizar sus estudios de medicina en Zaragoza, se trasladó a la Universidad de Barcelona para hacer la especialidad de neuropsiquiatría infantil. Una vez allí, dadas sus inquietudes musicales, no tardó en conectar con el colectivo Els Setze Jutges. Impactado, sin duda, por los planteamientos y por la línea de creación y desarrollo que estaba adquiriendo la «nova cançó», a su regreso a Euzkadi, Mikel se puso en contacto con el escultor Jorge Oteiza y con los compositores y cantantes Xabier Lete, también magnífico poeta, Lourdes Iriondo, Julen Lekuona y Benito Lertxundi, y en 1966 crearon el colectivo Ez Dok Amairu, grupo de cantautores vascos inicialmente integrado por Jesús y Joxean Artze, Julián Beraetxe, Lourdes Iriondo, Mikel Laboa, Kepa Garbizu, José Ángel y Juan Miguel Irigaray, Benito Lertxundi, Xabier Lete, José María Zabala, Julen Lekuona y Luis Bandrés.

Primer LP del colectivo "Els Setze Jutges"
editado en Concentric:
"Audiència pública!" (1966).

Colectivo vasco "Ez Dok Amairu"

Recuerdo que en marzo de ese mismo año, en un viaje que realicé a San Sebastián, tuve la gran oportunidad de conocer y escuchar a Lete y a Lourdes, y de conversar un buen rato con ellos. En aquel momento Lourdes estaba a punto de publicar sus primeros singles en el sello discográfico Belter. Poco tiempo después lo hicieron ambos en Herri-Gogoa, discográfica ligada al colectivo Ez Dok Amairu.

En mayo de 1967 fue Raimon quien visitó Euskadi y entró en contacto con los componentes de Ez Dok Amairu. A su regreso a Cataluña, compuso la canción «El País Basc». 

Seis meses después, Mikel Laboa, Benito Lertxundi y Lourdes Iriondo hicieron su presentación en el Palau de la Música de Barcelona. Fue el 26 de noviembre de 1967. Un concierto en el que también intervinieron Pi de la Serra, Tete Montoliu y cuatro alumnos de la Escuela de Arte Dramático Adriá Gual que interpretaron un texto de Maria Aurèlia Capmany: Fes l'amor i no facie la guerra.


Ese mismo año surgió en Cataluña, a la vez que colectivo Els Setze Jutges, otro grupo de compositores y cantantes con planteamientos distintos y alternativos. Fue el llamado Grup de Folk, al que llegaron a pertenecer más de veinticinco creadores, entre ellos Jaume Sisa, Jordi y Albert Batiste, Jaume Arnella, Els Sapastres o Pau Riba, y en el que también colaboraron activamente Ovidi Montllor, Quico Pi de la Serra y Maria del Mar Bonet. Nunca olvidaré el viaje relámpago que realicé el 23 de mayo de 1968, ya como estudiante de magisterio, para asistir a uno de los míticos conciertos del Grup en el Parc de la Ciutadella de Barcelona; un concierto que duró más de diez horas y en el que escuché cantar por primera vez en directo a Maria del Mar Bonet, Pau Riba y Jaume Sisa, entre otros.

De izquierda a derecha: Consol Casajoana, Jaume Sisa, Maria del Mar Bonet y Albert Batiste

En 1967 también surgió en Galicia el germen de lo que sería una nueva canción gallega. En el mes de marzo, Raimon se desplazó a la Universidad de Santiago y dio un recital que supuso, sin duda, el impulso definitivo para que los jóvenes cantautores gallegos reforzaran su entusiasmo en la creación de sus propias canciones, alternativas y en gallego. Dos años antes, en la Universidad de Santiago, se había formado un grupo político llamado ADE (Acción Democrática Estudiantil) que tuvo una gran repercusión en el desarrollo y la evolución de la cultura gallega. Entre sus creadores se encontraba Benedicto, cantautor que lideró en 1968 la creación del colectivo Voces Ceibes junto con Xavier González del Valle, Xerardo Moscoso, Vicente Araguas, Guillermo Roxo, Margariña Valderrama, Xoan Rubia, Miro Casabella, Suso Vaamonde, Bibiano y el poeta Alfredo Conde.


Y en Madrid, aún en 1967, el 22 de noviembre se celebró un histórico recital en el Instituto Ramiro de Maeztu en el que, presentados por el periodista Antonio Gómez, cantaron un grupo de creadores que, al igual que ocurría prácticamente en todo el país, formaron el colectivo Canción del Pueblo, integrado por Hilario Camacho, Adolfo Celdrán, Carmina Álvarez, José Manuel Bravo, Luis José Leal, Manuel Toharia, Anselmo Cano, Paco Niño, Elisa Serna y Julia León.


Frente a toda esa realidad descubierta de forma directa y consciente (ahora no cabía aquello de: «¡Y yo sin saberlo!»), los senderos de la pedagogía y de la música se encontraron y se fundieron en mí de forma definitiva. 

Fue entonces cuando llegué a una primera conclusión respecto a lo que era y lo que estaba significando el nacimiento de la «canción de autor» en España. «Nueva canción» entendida, desde mi punto de vista, como un nuevo género con características propias. Manifestación cultural, musical y poética, profundamente humana, reivindicativa e incluso revolucionaria, con la que empecé a sentirme totalmente identificado y a la que me resultó imposible renunciar pensando en mis proyectos educativos y en mi futuro trabajo como maestro.

En concreto, me llamaron la atención y me sedujeron tres características de aquella naciente «canción de autor» que personalmente considero muy importantes y que en la actualidad, muchas veces, echo en falta.

Por una parte, la «canción de autor» de los años sesenta, y posteriormente de los setenta, fue como un estallido creador incontenible que se fue abriendo paso por todo nuestro país «cantando como quien respira», que diría Celaya. Estallido cantor generado, sin duda, por la existencia de una razón utópica y una esperanza compartida que provocaban la fertilidad fluida, libre y vociferante, de los sentimientos más profundamente humanos y democráticos.

Por otra parte, la «canción de autor» logró desarrollar una gran capacidad de difusión y de contagio en un tiempo en el que cantarle a la vida y a la libertad era una difícil, peligrosa y arriesgada aventura tanto para los cantantes como para quienes participábamos activamente en sus conciertos. Era realmente hermoso y emocionante percibir como por encima del espacio, la lengua, la nacionalidad y las creencias, escuchábamos aquellas canciones y nos sentíamos cómplices e identificados. Se trataba de canciones hechas voz en un lenguaje universal, el lenguaje sin límites ni fronteras de nuestra humanidad secuestrada que empezaba a liberarse.

Y, en tercer lugar, se trataba de una canción preñada en y para la solidaridad. Una canción en la que no cabían y desafinaban los individualismos, los guetos y los «ombliguismos», tan comunes hoy en la joven «canción de autor». Sabíamos que la estaca ya estaba bastante podrida y que si todos tirábamos fuerte, unos por el norte, otros por el sur, otros por el este y otros por el oeste, seguro que caería.


«Si estirem tots, ella caurà
i molt de temps no pot durar,
segur que tomba, tomba, tomba
ben corcada deu ser ja.
Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba,
i ens podrem alliberar».

«Si tiramos fuerte, la haremos caer.
Ya no puede durar mucho tiempo.
Seguro que cae, cae, cae,
pues debe estar ya bien podrida.
Si yo tiro fuerte por aquí
y tú tiras fuerte por allí,
seguro que cae, cae, cae,
y podremos liberarnos».
(«L'estaca». Lluís Llac)

Razones y manifestaciones claras para la utopía y para la esperanza; rescate compartido, sin límites ni fronteras, de nuestra humanidad secuestrada; y solidaridad, ¡mucha solidaridad! ¿Cómo no iba iba a seducirme? ¿Cómo desvincular aquella realidad de mi vocación de maestro? 

jueves, 21 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES", CAPÍTULO 7.


Vuelvo a 1965 y hago un pequeño paréntesis para evocar un acontecimiento personal importante que no quiero dejar de reflejar porque, sin duda, ha sido uno de los que más ha marcado y sigue marcando mi vida. Me refiero a mi primer encuentro con la mujer que durante más de cincuenta años ha sido mi compañera de camino, de sueños, de proyectos, de luchas, de problemas y de ternuras. Mi fortaleza ante las dificultades, mi esperanza, mis muletas cuando fueron necesarias y mis alas siempre. Mujer a la que amo con el alma y con el cuerpo, y con la que comparto cuatro hijos que siempre están ahí empujándonos, queriéndonos y apuntalando nuestro futuro en el tiempo que nos quede por vivir.

Como comenté en el capítulo anterior, siendo ya responsable del Movimiento Junior masculino, me planteé como objetivo prioritario romper la absurda separación implantada entre lo que fueron los «aspirantes» y las «menores» de Acción Católica; objetivo que empezó a hacerse realidad a mediados de 1965, cuando empezamos a caminar juntos los chicos y las chicas, elaborando y compartiendo proyectos, sueños y compromisos. Objetivo que no fue nada fácil, aunque, hoy por hoy, pueda parecer increíble.

En aquel momento había que hacer frente, por una parte, a la prepotencia machista de la época, que anulaba de forma radical el valor de la igualdad; y, por otra, era imprescindible liberarse de todo un conjunto de enfermizos y represivos principios morales centrados, de forma obsesiva, en torno al desprecio del valor de la sexualidad, el cuerpo y el placer; valores que durante muchos años fueron víctimas de la permanente amenaza de la inmoralidad y el pecado; monstruo realmente endemoniado frente al que ya éramos muchos los que por entonces empezábamos a revelarnos.

Pues bien, en ese contexto, en el verano del 75, se celebraron en Madrid unas nuevas Jornadas Nacionales de las responsables diocesanas de «menores» para plantear el proceso definitivo de creación de un Movimiento Junior unificado. 

El día que se inauguraron aquellas Jornadas, Merche Lavía, que en aquel momento era la responsable nacional, me invitó a que participara en el encuentro, y así lo hice. Recuerdo que me sentaron en la mesa presidencial y que incluso tuve que decir algunas palabras. Pero, en realidad, lo más importante que ocurrió aquel día tuvo poco que ver con el tema de las Jornadas y con lo que yo pude decir, que ya ni me acuerdo.

Sentado en la presidencia tenía frente a mí a las más de sesenta chicas que habían viajado desde toda España para participar en el encuentro. Hubo un momento en que toda mi atención se centró en una de ellas. Era una mujer muy linda. Sinceramente, me pareció la más bella de todas o, al menos, fue la que más me llamó la atención. No pude dejar de observarla ni un momento. ¡Cómo me gustaba aquella mujer! Pregunté a Merche de dónde venía aquella morena y me dijo que se llamaba Tonona, que estudiaba aparejadores y que era la responsable diocesana de Tenerife.

Finalizada la reunión de aquel día, me acerqué a Tonona y le propuse salir a cenar juntos aquella misma noche. Me dijo que sí, lo que me puso más contento que unas Pascuas, pero me fastidió un montón cuando se presentó a la cita con dos compañeras sevillanas. ¡En fin! ¿Qué se le iba a hacer? Paseamos, cenamos, hablamos y cada minuto que pasaba me gustaba más la canaria. Yo, por lo que luego me contó, también le había caído bastante bien.

Cuando acabaron aquellas Jornadas Nacionales quedamos en volver a vernos y, aunque ella vivía en Tenerife y yo en Madrid, el nuevo encuentro se hizo realidad de inmediato. Enseguida organicé una reunión urgente para evaluar la marcha del Junior canario, y para allá que me fui.

«Y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.»
Con Tonona.

Estuvimos tres días juntos, pudimos hablar solos y allí empezó todo. Seis años escribiéndonos casi a diario, deseándonos en la distancia, viéndonos menos de lo que nos gustaría, luchando y trabajando juntos por los derechos y los valores en los que creíamos, y amándonos mucho, temporadas en Tenerife y temporadas en Madrid. Y así hasta el 6 de abril de 1971, cuando tomamos la decisión de casarnos. Lo hicimos en Tenerife y aquel mismo día, inmediatamente después de la boda, nos vinimos a vivir definitivamente a Madrid.

De aquellos primeros años tengo un recuerdo muy entrañable relacionado con la «canción de autor». Un buen día, al poco tiempo de conocerlos, Tonona (no sé si intencionadamente o no) me regaló el cuarto single editado por Raimon en Edigsa, Cançons d'amor (1965), con cuatro canciones. Una de ellas se llamaba «Treballaré el teu cos» y me decía:


«Traballaré el teu cos
com treballa la terra
el llaurador del meu poble:
am amor i força».

(«Trabajaré tu cuerpo
como trabaja la tierra
el labrador de mi pueblo:
con amor y fuerza»).

Tres años más tarde, en 1968, fue también ella la que me regaló el primer single del cantautor gallego Benedicto, un disco con cuatro temas: «Eu son a voz do pobo», «No Vietnam», «Un home» y «O arte de amar». Benedicto, como más adelante comentaré, fue uno de los fundadores del colectivo «Voces Ceibes» de canción gallega (1968).


Tonona, por entonces, lo tenía claro. Ya sabía que el mejor regalo que se me podía hacer era un disco de aquellos cantautores a los que tanto empezábamos a admirar.

Siempre que pienso en el día que conocí a mi compañera y en los años que llevamos compartidos, no puedo dejar de evocar el poema «Te quiero» que Mario Benedetti escribió y publicó en su libro Poemas de otros (1973-1974). Es un poema con el que tanto Tonona como yo siempre nos hemos sentido total y felizmente identificados.

«Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.

Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle coco a codo
somas mucho más que dos».

Bellísimo poema que en 1976, estando Benedetti exiliado, fue musicalizado y cantado por los argentinos Alberto Favero y Nacha Guevara, y del que posteriormente se han realizado numerosas versiones interpretadas por El Cuarteto Zupay (Argentina), Eduardo Peralta (Uruguay), Isabel Parra (Chile), Susana Baca (Perú), Tania Libertad (México), Amparo Ochoa (México), Lilia Sánchez (Chile) Jenny Cárdenas (Bolivia), Sandra Mihanovich (Argentina), María Jiménez (España), Quintín Cabrera (Uruguay/España), Los Sabandeños (España), Ángel Corpa (España), Miguel Caldito (España) o Jesús Garriga (España).

He de decir que a mí, de todas esas versiones, una de las que más me emociona es la musicalizada e interpretada por Jesús Garriga, cantautor canario; versión que grabó en su disco Hijo del sol (2006).

Por cierto, dando un salto en el tiempo y realizando un giro temático, Jesús Garriga, autor de los que yo califico de «tercera generación», ocupa un lugar muy especial en «mi vida entre canciones». Aparte de porque considero que su obra es de una gran calidad, también por un pequeño pero muy importante gesto que hace años tuvo conmigo. 

Fue en diciembre de 2008. Jesús, a quien no conocía aún en persona, me mandó inesperadamente un correo que me produjo una tremenda e inolvidable emoción. Había cantado el 1 de octubre de 2008 en la Casa Góngora de Panamá, en el marco del Festival Tocando Madera, y me contaba lo siguiente:

Jesús Garriga en Panamá.  

«El motivo de escribirte es para contarte una experiencia que tuve recientemente en el "Festival Internacional de la Canción de Autor de Panamá 2008". Fui invitado por la Embajada de España para participar en dicho festival y tu nombre estaba en boca de todos porque también llevaron la exposición Y la palabra se hizo música, ¡maravillosa! Por otra parte, me regalaron allí mismo un ejemplar de tu libro El canto emigrado de América Latina, que devoré por completo y sigo usándolo para saciar mi curiosidad y descubrir a mucha gente.

»Después de leer tu libro y conocer un poco más el movimiento social y de lucha que despertó el género, me pareció imprescindible contarte lo que está ocurriendo en Panamá con la canción de autor. Los panameños acaban de salir de una ocupación de los USA y existe un movimiento para deshacerse de lastres culturales gringos y hacer de Panamá un país con una identidad cultural propia. Existe un movimiento desde la canción de autor panameña que ellos llaman "Tocando Madera" en el que pelean para dar a conocer la cultura de su país. Estuve allí con ellos y me pareció hermoso que un puñado de cantautores, guitarra al hombro, con pocos recursos, intenten llevar su cultura y sus reivindicaciones, en forma de canción, a todas las provincias del país. No sé como explicar bien mi sensación, me pareció que estaba formando parte de algo histórico, me recordaba a bonitas historias del pasado en el que el trovador era un auténtico cronista de su tiempo y sobre todo me pareció un movimiento a tener en cuenta dentro de la canción de autor, no solo por la calidad musical de los cantautores con los que compartí, también por la filosofía de lucha que tienen, me pareció hermoso».

Yigo Sugasti, Jesús Garriga y Alcides Fuentes
en la exposición "...Y la palabra se hizo música", Panamá, 2008.

Pocos días después de recibir este correo, localicé y me puse en contacto con Yigo Sugasti, impulsor desde el año 2004 del movimiento de cantautores panameños «Tocando Madera». ¡Magnífica y entusiasmante iniciativa que me reafirmó en el carácter internacional y sin fronteras que realmente tiene este género al que identificamos como «canción de autor»! Por otra parte, a partir de aquel día, Yigo y yo mantenemos una muy buena amistad y complicidad.

lunes, 18 de diciembre de 2017

"EL VIENTO QUE VIENTA LA VENTOLERA". POEMA INÉDITO DE ANONIO MATA DEDICADO A JUAN DE LOXA.

Hace unos días, antes de irse, hablé con mi amigo Juan de Loxa. Por supuesto, uno de los temas de que hablamos fue de Antonio Mata. Le dije que tenía una sorpresa para él. Que había encontrado el manuscrito de un hermoso poema que le había dedicado Antonio. Juan enseguida me pidió que se lo enseñara y bromeando le contesté que espera unos días a leer la página 115 del libro "En la raíz del silencio"... Nunca pude imaginar que no le diera tiempo a leerlo. (Lo repito: ¡Qué gran cabrona es la muerte!)

Hoy quiero y necesito compartir ese poema de Antonio Mata que aparecerá, en unos días, en su libro. Es un maravilloso poema inédito en el que la presencia de Juan de Loxa permanece viva. En este fin de semana me lo he leído no sé cuantas veces... Hoy quiero hacérselo llegar a Juan, donde quiera que esté, como un beso "bipartito", os sea, de Antonio y mío.

Este es el poema:

«El viento que vienta la ventolera.
La lluvia que llueve sobre la era.
La era descalza sobre las piedras.
La ternura desnuda de la alameda.
La inmóvil lechuza siempre inquieta
y el río que a la vera fluye
y en los recodos ríe
y en los remansos llora
y el agua canta una canción.
Vuela la trucha,
nada el gorrión,
bailan las lagartijas
y bailan un vals
la luna y el sol.

Ocurrió en Andalucía
así como cualquier cosa.
pasaba por allí
Juan de Loxa.»

sábado, 16 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 6.



Llegué a la estación de autobuses de Madrid y, después de hacer varias averiguaciones, pude encontrar por fin el Colegio Mayor Pío XII que era donde se iban a celebrar las XI Jornadas Nacionales de Aspirantes de Acción Católica. No conocía a ninguna de las cincuenta y dos personas que habían llegado de diecinueve provincias distintas pero, curiosamente, en cuanto nos vimos, al presentarnos y contarnos de dónde veníamos, sentí una gran complicidad con todos ellos.

Muy cerca del Pio XII se encontraba el colegio de las Escolapias, donde estaban celebrando sus Jornadas Nacionales las responsables de las llamadas, también absurdamente, «menores», o sea, como los «aspirantes» pero en femenino. En aquel momento, lo de la coeducación no existía: «Los niños con los niños y las niñas con las niñas».

Aquella primera noche, un grupo de los recién llegados nos acercamos al colegio de las Escolapias y salimos con varias compañeras a cenar y a tomarnos un helado. Hacía una noche preciosa y nos encontrábamos tan a gusto que, no sé si dándonos cuenta o provocándolo, se nos pasó la hora del cierre de los colegios y no pudimos entrar hasta la mañana siguiente. Así que nos pasamos toda la noche paseando, hablando, disfrutando y echando alguna que otra cabezada en los bancos de la Castellana.

Hablamos de muchos temas, nos contamos muchas cosas e incluso nos hicimos más de una confidencia. Lo de «los chicos con las chicas» ciertamente funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! 

Uno de los temas de conversación, como era lógico dadas las circunstancias, fue que en las jornadas que íbamos a celebrar en los días siguientes teníamos que unirnos para conseguir al menos dos objetivos: suprimir y cambiar lo de «menores», «aspirantes» e «instructores», y hacer un colectivo único en el que chicos y chicas pudiéramos trabajar juntos.

Pasada la noche, dejamos a las «instructoras» en las Escolapias y regresamos al Pío XII. A las diez de la mañana empezamos las Jornadas.

Uno de los asuntos que se plantearon aquellos días fue la renovación del Secretario General del Equipo Nacional de Aspirantes. En aquel momento desempeñaba el cargo Santiago Baña y, por cuestiones personales, estaba a punto de dejarlo.

El Secretario General tenía que ser una persona dispuesta a ser «liberada», así se le llamaba, lo que significaba vivir en Madrid y tener una dedicación exclusiva. 

La sede del Equipo Nacional de los Aspirantes, junto con el resto de los demás equipos nacionales, Menores, JOC (Juventud Obrera Católica), JARC (Juventud Agrícola y Rural Católica), JEC (Juventud Estudiantil Católica), JIC (Juventud Independiente Católica), HOAC, Revista Signos, etc…, estaba en la calle Alfonso XI, donde actualmente se encuentra la COPE. Un lugar del centro de Madrid que nada tenía que ver en absoluto con lo que hoy es, hay y se hace dentro de ese edificio.

A los llamados «liberados» se les asignaba un pequeño sueldo mensual. Trabajaban y dormían en el mismo despacho en el que había una cama plegable que se abría por las noches. Las comidas y  cenas se hacían en un lúgubre comedor privado que había en el sótano y que resultaba muy económico. Comedor que, con cierta frecuencia, recibía la visita de la policía, y en el que se produjo más de una redada. Situación normal porque muchos de los jóvenes que vivían entonces en aquella casa eran considerados «rojos», comunistas, y, por tanto, antifranquistas, aunque oficialmente consentidos y, en cierta medida, protegidos por un sector progresista (¡que lo había!) de la jerarquía de la Iglesia Católica.

Cuando se planteó en la reunión la renovación del Secretario Nacional de los Aspirantes, yo, sin pensarlo mucho, me presenté como candidato. Lo tenía muy claro. Por una parte sentía verdadera necesidad de salir de Jaén y, por otra, aquella era una oportunidad para transformar, desde dentro, un «aspirando» ante el que me sentía cada vez más implicado y más crítico.

Además, pensé que aquella nueva situación me permitiría, en cuanto me fuera posible, encontrar la forma en que mis padres y mi hermano se mudaran a Madrid. Su situación personal, económica y social en Jaén se hacía cada vez más insostenible. Mi padre estaba bastante enfermo y se me rompía el alma cada vez que pensaba en él, consciente de que se sentía moralmente deshecho y fracasado.

Presentada mi candidatura, fue aprobada y, a partir del 1 de septiembre de 1964, fui Secretario General de los «Aspirantes» de Acción Católica. 

Al día siguiente volví a Jaén para anunciarles a mis padres la noticia y para pedir la baja en el Servicio Nacional del Trigo. Dos días más tarde me desplacé definitivamente a Madrid. En la maleta metí muy pocas cosas, lo imprescindible, entre ellas aquel single de Raimon que me regalaron un año antes; en realidad era como mi amuleto. «El cor al vent buscant la llum».

Creo que fue entonces la primera vez que sentí en mi vida la experiencia y el vértigo de la libertad, mi «pequeña libertad», como realidad posible.

Me instalé en uno de los pequeños despacho-dormitorios de la quinta planta interior de Alfonso XI y  Madrid me atrapó al instante. Se dice que es una ciudad acogedora y es cierto. El tiempo y los acontecimientos parecieron dispararse.

A los pocos días de mi llegada, Fernando Oliván, que era el Presidente del Equipo Nacional de Aspirantes, tomó la decisión de dejar su cargo y, en un «plis-plas», yo, que acababa de debutar como Secretario, tuve que asumir la presidencia y formar mi propio y renovado equipo de trabajo en el que, desde un principio, ¡por supuesto!, pedí la colaboración de las compañeras de «Menores» que residían en la sexta planta del mismo edificio.

De aquel primer grupo de trabajo con el que tuve la suerte de compartir momentos y experiencias inolvidables, no puedo dejar de evocar, entre otros, a colaboradores y entrañables amigos como José Manuel Estepa, de Andújar (Jaén); Alfredo Larreta, de Navarra; Daniel, Miguel, Fuentes y Pili Bobes, de Asturias; Paco Tapia, de Granada; Fernando Urbaneja, de Burgos; Javier Badiola y Merche Lavía, de Bilbao; Julián Mota, de Sevilla; Joaquín Domingo, de Girona; Mercedes de Frutos, de Segovia; o Blanca, Ramón y Margarita, de Madrid. Todos ellos fueron un impulso de vida.

Mi posición en aquel momento era clara. Asumía gustoso aquella nueva responsabilidad, pero con la condición de plantearme y poner en marcha, de inmediato, una renovación pedagógica del llamado «Aspirantado». Objetivo que, tras muchos encuentros y reuniones de trabajo y de consulta por toda España (no paré de viajar durante tres meses) conseguimos alcanzar en la primavera de 1965 con la aprobación oficial y puesta en marcha del Movimiento Junior, colectivo infantil y adolescente comprometido, en la medida de sus posibilidades reales y no como simple «aspiración», a reivindicar y defender los derechos humanos y los valores evangélicos más auténticos.

No voy a entrar en más detalles respecto a lo que fue y cómo se desarrolló la puesta en marcha del «Junior», así lo llamábamos, porque esa es una larga y apasionante historia que en sí misma necesitaría todo un libro. Lo menciono porque fue ahí y en ese tiempo donde consolidé mi pensamiento y mi vocación pedagógica. Y porque, al desplazarme a Madrid y tener que viajar por todo el Estado, tuve la oportunidad de aproximarme de forma directa y tener un primer conocimiento del universo de la «canción de autor» que en aquel momento estaba empezando a surgir y que pronto se convertiría, junto con la pedagogía, en uno de los tres pilares esenciales, o coordenadas, de mi personalidad y mi proyecto de vida.

La pedagogía, la «canción de autor» y, ya en aquel momento, mi claro y decidido posicionamiento de lo que se entendía por entonces como una persona de izquierdas; radicalmente antifranquista y apasionado amante de la libertad. De mi libertad personal y de la de aquella España «de todos los demonios» que, como escribía Jaime Gil de Biedma, tenía y tiene el derecho «a que sea el hombre el dueño de su historia». Hermoso y duro poema que, en 1978, musicalizó y cantó Paco Ibáñez en su disco A flor de tiempo.

Mi primera aproximación directa a la «canción de autor», entre 1964 y 1965, tuvo varios frentes.

En uno de mis viajes a Barcelona para reunirme con los responsable del naciente Movimiento Junior catalán, tuve la oportunidad de comprarme la primera biografía de Raimon escrita por Joan Fuster (Ediciones Alcides. Barcelona, 1964). Estaba escrita en catalán pero, por supuesto, no me importó. También tuve la magnífica oportunidad de asistir una noche a un concierto del grupo Els 4 Gats en el que participaba Quico Pi de la Serra. Fue la primera vez que le vi y que le escuché cantar, y me quedé fascinado con su música (¡maravilloso cómo toca la guitarra!), sus textos y sus comentarios breves, cargados de ironía y de «disparo certero». Al día siguiente, antes de regresar a Madrid, me regalaron el segundo single de Quico, que acababa de publicar Edigsa, en el que interpretaba cuatro canciones, entre ellas, «L'home del carrer» y «Els fariseus». ¡Impresionantes!


En la reunión que tuve poco después en Donostia, un compañero, consciente del interés que empezaba a despertarme la «canción de autor», me trajo desde Hendaya el primer LP de Paco Ibáñez (¡Góngora y Lorca!) que había grabado recientemente en París. Lo escuchamos juntos en su casa. ¡Todo un descubrimiento! Góngora y Lorca empezaron a existir de verdad en mi vida desde aquel momento, y gracias a Paco.

Y en la Navidad del 65 aterrizó Víctor Jara en mi vida. Una amiga chilena de la JOC (Juventud Obrera Católica) me habló de Violeta Parra y de él. Escuchamos juntos las dos canciones de Víctor grabadas en su primer single en solitario: «La cocinerita» y «El cigarrillo». Me resultó sorprendente y muy esperanzador descubrir que la «canción de autor» existía y era también una realidad más allá de nuestras fronteras.


En aquel momento, inmerso en un intenso proceso de crecimiento y construcción personal, justo en aquellas Navidades, le encontré a mi hermano un trabajo en una librería y conseguí que mis padres se vinieran con él a Madrid. Yo seguí viviendo en mi despacho del Junior y ellos se instalaron en un pisito amueblado que nos prestó generosamente una buena amiga. Aquello supuso el punto final de una etapa de mi vida y el inicio de la aventura insospechada y apasionante que me estaba aguardando. Años más tarde comprendí, gracias a Joan Manuel Serrat, que la vida me empezaba a dar un inmenso beso en la boca. «De vez en cuando la vida / nos besa en la boca / y a colores se despliega como un atlas».