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martes, 4 de marzo de 2014

ALBERTO CORTEZ - II: DE RANCUL (1946) A "LOS ANDARIEGOS", PASANDO POR «UN CIGARRILLO, LA LLUVIA Y TU»

Alberto Cortez.

ALBERTO CORTEZ nació en Rancul, provincia de La Pampa, Argentina, el 11 de marzo de 1946.

«Rancul –comenta Albertoes mi pueblo, es decir, allí donde mi madre me trajo al mundo, allí donde pasé mi infancia, feliz por cierto, y si digo feliz, no es porque de niño tuviera muchas licencias o muchos juguetes o mis padres muchas posibilidades de ofrecérmelos, no. Mi infancia fue una infancia feliz porque se desarrolló en un clima familiar armónico, al punto de atreverme a llamarlo amoroso».

Alberto Cortez niño.

Clima familiar, positivo y feliz, como reconoce Alberto, que supieron alimentar Ana y José, sus padres, y que compartió con su hermano más pequeño, Raul.

A los seis años, Alberto ingresó en la escuela del pueblo, donde aprendió a leer y a escribir, y, simultáneamente, inició sus estudios musicales en el conservatorio Alberto Williams, que tenía una delegación en Rancul.

Cuenta la poeta Laura Etcheverry que el origen de la afición de Alberto Cortez a la música y, más concretamente, a la canción le viene por su curiosidad por la radio.

«En apariencia –escribe Laura–, el aparato era una caja oscura, incapaz de despertar el asombro. No era la pelota que remontaba el juego y la risa, ni la colorida veleta que aceleraba el viento. Tampoco la cubierta que empujada por la mano infantil devoraba metros hasta el final de la calle, con el caucho hambriento de aventura y felicidad. Pero de ella salían sonidos que dejaban en la cocina un aleteo misterioso, y el niño cabalgaba sin tregua a la grupa del dial, con un viento extraño en el rostro pese a la quietud de la silla.

Ana colgó la radio en la pared, pero él trepó a una butaca y en puntas de pie siguió estirando los dedos. La rueda giraba en un viaje constante por esa vía circular, hasta detenerse en las estaciones donde sonaba una melodía. Desde Buenos Aires, la ciudad más distante que admitía su imaginación, llegaba la música, encapsulada en esa caja sombría».

Afición a la música y a la canción que Alberto maduró y explicitó, a los doce años, con la composición de la que se cuenta fue su primera canción "Un cigarrillo, la lluvia y tú". Canción de amor que grabó en uno de sus primeros singles editados por Hispavox, en 1963, y que ha recuperado en su CD "Después del amor" editado en 2002.


«Un cigarrillo, la lluvia y tú
me trastornan,
dejo mis labios sobre tu piel
me vuelvo loco.
La melodía salvaje
que está inventando la noche
se detiene nuestro instante
con un pálido reproche.
Un cigarrillo, la lluvia y tú
me trastornan,
dejo mis labios sobre tu piel
me vuelvo loco.
La melodía salvaje
que está inventando la noche
se detiene nuestro instante
con un cálido reproche.
Un cigarrillo, la lluvia y tú
me trastornan,
dejo mis labios sobre tu piel
me vuelvo loco.
Cuando se acuerde la aurora
de arrebatarnos los sueños
serán pétalos de otoño
no podrán nunca barrerlos.
Un cigarrillo, la lluvia y tú
me trastornan».

Alberto Cortez, "Mr. Sucu-Suco".
Single editado por Hispavox en 1963 en el que aparece
grabada por primera vez la canción "Un cigarrillo, la lluvia y tu"

Por aquellas mismas fechas, finalizada la educación primaria, Alberto se trasladó a casa de sus tíos Leonor e Isidoro que vivían en San Rafael –ciudad situada en el sur de la provincia de Mendoza–, para continuar sus estudios de secundaria en el Colegio Manuel Ignacio Molino, y los de música en una academia que funcionaba en la localidad.

«Tía Leonor, hermana de mi padre y su esposo Isidoro, conformaban un matrimonio muy bien avenido, armónico y sin hijos –recuerda Alberto–. Ellos fueron los depositarios familiares de esta “joya” que había llegado del pueblo. En la enorme ternura de ambos y en el celo con que asumieron el encargo de mis padres, me sentí arropado y seguro. Desde el primer día de convivencia se estableció entre los tres, mis tíos y yo, un clima de confianza y simpatías mutuas que iba a durar sin fisuras los cinco maravillosos años que permanecí con ellos en San Rafael.

A escasos cincuenta metros de la casa de mis tíos sobre la avenida San Martín, existía una pastelería confitería, llamada París. Sus dueños, Baldomero y Antonio Tapia, eran miembros de una numerosa familia de buenos músicos y cantores. En el interior de la confitería, después de atravesar la zona de venta al público, había un salón con unas cuantas mesas adonde la gente acudía a tomar el té por las tardes. Contra una de las paredes había un piano vertical al que ya se le notaban los años y las muchas batallas musicales en las que había participado. 

Al tiempo que asistía al colegio por las mañanas, por las tardes acudía a una academia de música que dirigía un viejo profesor de origen probablemente austríaco cuyo apellido era Wermuth. Mi familia consideró que era una pena abandonar los estudios de piano que había iniciado con entusiasmo y buenos resultados en mi pueblo cuando apenas había cumplido los seis años. Como en la academia no se me permitía tocar nada “de oído” ni nada que no estuviera en los severos libros de estudios, el desvencijado piano de La París pronto fue el desfogador de mis vehemencias romántico juveniles. Por las tardes, cuando no había clases de gimnasia o de música, con la excusa de tomar un helado algunos compañeros de estudios me rodeaban y yo les interpretaba cantando y acompañándome al piano las canciones en boga de la época. 

Poco a poco me fui convirtiendo en protagonista de las tardes de La París, ya no sólo para mis compañeros de curso, también para la clientela habitual del té con “masitas”. Revisando en mi memoria aquellos momentos de mi vida, tiempo en que el entusiasmo se sobreponía con generosidad a la perfección musical, es decir, cuando en cada nota y en cada frase se notaba más el corazón que la sapiencia, no dejo de sentir una cierta nostalgiosa melancolía. Tiempo pasional de descubrir el valor sublime de la música y la poesía en su estado más puro».

Fue justamente en aquellos momentos, a finales de los años cincuenta, cuando irrumpió en la sensibilidad y en la vida de Alberto un conjunto musical llamado Los Chalchaleros, que sensorialmente supuso para él una ráfaga de aire fresco que llegaba del norte y que le traía los sonidos más auténticos del folclore argentino.

Los Chalchaleros.

Al poco tiempo, en 1957, sin duda bajo el impacto de Los Chalchaleros, surgió en San Rafael –en torno a la confitería París– otro grupo local al que llamaron Los Andariegos, en el que Alberto participó durante un tiempo. «Consultados mis tíos y tutores –nos cuenta– llegamos al acuerdo de aceptar, puesto que sólo se actuaba los fines de semana en bailes de la ciudad y alrededores. Además me pagarían, y ese dinero me serviría para mejorar mi situación de estudiante de bolsillos secos. Mi primer sueldo fue un acontecimiento y como tal lo metí íntegro en un sobre y lo guardé celosamente para dárselo a mi madre, más como simbolismo sentimental que por necesidad o cualquier otra connotación dramática».

(EN EL PRÓXIMO CUELGUE ALBERTO CORTEZ EN BUENOS AIRE
Y SU PRIMER VIAJE A EUROPA)