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lunes, 16 de julio de 2012

DE UN ENCUENTRO ENTRE LORCA Y YUPANQUI EN ARGENTINA.

Ayer por la tarde, por mediación de Ángeles Ruibal –amiga cantora y compositora que en los años setenta formó junto a Sergio Aschero el inolvidable dúo "Los Juglares"–, tuve la suerte y el placer de conocer a ROBERTO "COYA" CHAVERO hijo de Héctor Roberto Chavero Aramburu, o sea, del maravilloso e inolvidable ATAHUALPA YUPANQUI. Fue una tarde intensa de sentimientos, de afectos y de recuerdos revividos y compartidos; de cruce de melodías y de canciones del alma; y, sobre todo, de muchas emociones, puesto que, como le comentaba ayer a Roberto, yo soy un admirador compulsivo de "Don Ata".

Roberto "Coya" Chavero.

Entre los recuerdos que intercambiamos hubo uno especialmente "lindo" y entrañable: Roberto Chavero me contó por escrito algo que yo desconocía por completo, me refiero al encuentro que sostuvieron, en Buenos Aires, Atahualpa Yupanqui y Federico García Lorca –debió de ser en el año 1933–. 

Cuando leí aquello, me pareció tan interesante, y, a la vez, tan novedoso, que le pedí a Roberto que me permitiera publicarlo aquí DONDE CANTAMOS COMO QUIEN RESPIRA; él, como un gesto de amistad naciente me dio su autorización, y aquí os dejos sus palabras:

«De pronto estiró su mano, tomó la servilleta y la extendió sobre la mesa. Tomó su lapicera y, casi a escondidas,  escribió algo en ella.

Casi nadie observó el gesto. El restaurante  seguía con su movimiento habitual, la conversación seguía muy animosa y casi todos participaban animadamente de ella. Sin embargo, el gesto del escritor  había sido observado.

Un hombre muy joven, llegado a Buenos Aires, con la necesidad de cultivarse, de internarse en ese territorio de ideas, de versos, de relatos, de corrientes de pensamiento que le ofrecía el  mundo urbano, pero que no había abandonado el hábito de ser silencioso y observador,  por su origen campesino. Quería ir y venir entre las expresiones tradicionales nativas de origen folklórico y las más altas expresiones de la cultura del mundo. Ésta  se convirtió en su misión, decisión que sostuvo toda su vida. Comprender cómo, el ser luminoso que esa noche tenía frente a sí, tendía puentes entre las estrellas del cielo andaluz y las sendas de los gitanos, entre las lunas moras y las callejuelas de Granada. Simples y bellos sus versos, hondos y  llenos de vibraciones como la luz de la luna  sobre el Guadalquivir.

Y allí estaba esa mano, que llenaba de belleza el corazón de los hombres como un arroyo incontenible, que desparramaba su lluvia de estrellas fugaces sobre el mundo, con un trozo de tela en la que el poeta lanzaba a  volar  una nueva semilla de amor y verdad.

Todo transcurrió rápido y, casi, en secreto.

El poeta se sintió observado, descubierto su gesto.

Como un niño atrapado en su travesura le miró y, sin hesitar, extendió su mano hacia él, y en ella, la  servilleta.

“Te gusta?”, le preguntó.

“Por supuesto”,  fue la respuesta.

“Te la regalo”,  agregó el poeta.

“Muchas gracias, pero…  ¿puedes firmarla?”.

En el acto  agregó su nombre junto al dibujo de una flor, tal como era su costumbre.

Los personajes de este relato: Federico García Lorca y Atahualpa Yupanqui.


Durante la estadía del andaluz en Buenos Aires coincidieron  en una cena: El lugar, un restaurante de la Avenida de Mayo. Los comensales, una constelación de escritores y poetas. ¿Algunos de los nombres?  Nicolás Olivari, los Gonzalez Tuñón, Girondo… Un grupo de hombres acostumbrados a acariciar el vientre  de la creación.


La charla  era amena, entusiasta. A Don Ata le tocó en suerte estar sentado frente a García Lorca, ligeramente en diagonal. En un momento dado, la conversación se había  centrado en otros de los comensales y Federico lo aprovechó  para meterse dentro de sí y dió a luz.


Terminó la noche de emociones y de vuelos cósmicos, y Yupanqui se fue hacia su pensión con  la sensación de haber compartido algo que ningún acontecimiento podría borrar de su memoria.


Don Ata se llevó el recuerdo de Federico y lo atesoró durante años.  Alguna vez, ya conviviendo con Nenette, pasó un conocido por el departamento de Chile 942 y se llevó la servilleta. Tristeza, desazón por la confianza vulnerada pero también  una enseñanza: Aquel pequeño  personaje se llevó el objeto, una servilleta de tela, pero no  pudo robarnos la frase  ni el anhelo del poeta:

“Mientras haya tabernas en el camino, 
los que caminan serán amigos”
(Federico)».

Roberto "Coya" Chavero cantando en un concierto
dedicado a su padre: Atahualpa Yupanqui.

6 comentarios:

  1. ¡fantástico Fernando! Y gracias a Roberto Chavero por compartir esta gran historia.

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  2. Respuestas
    1. JAIME, ahí, como siempre, llenándome de ilusiones y de sueños to'mi cuerpo... ¿qué sería de mis horizontes insaciables de canto y de libertad si no fuera por personas como tú... Ya sabes... ¡Abrazos!

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  3. Fascinante relato... me instalo en esa mesa como una brisa para sentir esas emociones tan vividas!!! Miles de gracias por compartir esta maravillosa historia, abrazos enormes!!!

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