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domingo, 1 de mayo de 2011

¡MALDITAS GUERRAS! - 40

Hoy, con el recuerdo y la presencia de Ernesto Sábato en el corazón, 
vamos a expresar nuestro rotundo ¡NO! a la guerra, a las armas y a la violencia,
 recordando esta "Carta por la Paz" que él escribió 
el 19 de marzo de 2003, dirigida a toda la infancia argentina.


Queridos chicos:

Ustedes saben, han tenido que aprender cómo el "poder" gana, cómo los hombres "matan por poder".

Han tenido que aprender, lo ven por televisión, la atrocidad de los bombardeos, de las masacres, de la miseria, del horror que trae la guerra a quienes la padecen. Saben también que otros chicos como ustedes verán morir de dolor a sus padres, a sus hermanitos. Pero eso no importa al "poder".

También saben que millones y millones de hombres y mujeres han manifestado por las calles del mundo su deseo de paz, su oposición a esta guerra. Y eso tampoco parece haber importado al "poder".

Entonces, ante la gravedad de la situación en que vivimos, vengo a testimoniarles que habremos de permanecer en la decisión de no aceptar la guerra, de no resignarnos a ella. Hay que mantener, queridos chicos, encendida en el alma la llama de este dolor de humanidad, y ser fiel.

Si esta determinación permanece, será inquebrantable. Podrán hacer la guerra, pero han de saber que son asesinos, que así los llamarán los chicos de todo el mundo.

El amargo presente al que nos enfrentamos exige que nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra obra se consagre, como verdadero cumplimiento de nuestra más alta vocación, a expresar la angustia, el peligro, el horror, pero también la esperanza y el coraje y la solidaridad de los hombres.

En medio de esta tremenda situación, cada hombre y cada mujer, ustedes también, chicos, están llamados a encarnar un compromiso ético, que los lleve a expresar el desgarro de miles y miles de personas, cuyas vidas están siendo reducidas a silencio a través de las armas, la violencia y la exclusión.

Se ha hecho evidente que quienes detentan el poder toman decisiones ajenas al sentir de la humanidad, guerras atroces que sostienen los países poderosos contra pueblos desamparados, bajo la siniestra ironía de resguardar a la humanidad.

Frente a estos hechos, frente a la violencia y a la muerte de nuestros hermanos, hemos de resistir para resguardar ese absoluto donde la vida y los valores ya no se canjean, alcanzando así la medida de la grandeza humana.

En todos los idiomas 'paz' es una palabra suprema y sagrada, expresa el deseo de Dios para los hombres. El deseo de un reino de paz y justicia; la paz y la justicia que estamos acá para reclamar y testimoniar.

ERNESTO SABATO. LA AUSENCIA DE UN SER HUMANO BUENO Y SOLIDARIO

Anoche, a las 11, Pilar Vetin Castro, amiga de este blog, me hacía llegar la noticia: «Qué pena, se murió un gran hombre»...; se refería a ERNESTO SÁBATO, uno de los más importantes escritores argentinos y latinoamericanos; y, sobre todo, un hombre que durante sus casi 100 años de vida supo mostrarnos y testimoniarnos que los únicos caminos para la paz y para el establecimiento definitivo de los derechos humanos, son los caminos del inconformismo, del compromiso con aquello en lo que se cree y de la denuncia solidaria traducida en gestos de solidaridad.

Ernesto Sábato.
Ernesto Sábato nació en Rojas, Provincia de Buenos Aires, el 24 de junio de 1911, y se nos ha ido a muy pocos días de cumplir cien años. En 1945 escribió un magnífico ensayo  titulado "Uno y el universo" –centrado en la crítica de la deshumanización de la sociedad tecnológica–; obra a la que le siguieron tres importantes novelas "El túnel" (1948), "Sobre héroes y tumbas" (1961) –en la que incluyó el conocido "Romance de la Muerte de Juan Lavalle", del que seguidamente hablaremos–, y "Abaddón el exterminador" (1974). Entre 1983 y 1984 presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, de la que surgió un informe de sus conclusiones publicado en el libro "Nunca más y en 1984 fue galardonado en España con el Premio Cervantes.

Del compromiso social y político, y de la obra de Ernesto Sábato –a lo largo de sus cien años de vida– se puede escribir mucho. Yo voy a limitarme a reseñar dos gestos y momentos de su reflexión y de su pensamiento:

En primer lugar, y coincidiendo con el primero de mayo y con el Día de la Madre –día, en particular, de las incansables Madres y Abuelas Argentinas de la Plaza de Mayo–, deseo evocar el compromiso y la lucha sostenida por Ernesto Sábato en defensa de la justicia, y contra los horrores cometidos por los dictadores, en general y, en particular por los que convulsionaron al pueblo argentino.

En ese contexto, como ya decía con anterioridad, Ernesto presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), y prologó el libro "Nunca más" en el que aparecieron las conclusiones obtenidas por dicha comisión tras realizar sus investigaciones. En ese prólogo, entre otras consideraciones, Ernesto expone las siguientes:




     «Son muchísimos los pronunciamientos sobre los sagrados derechos de la persona a través de la historia y, en nuestro tiempo, desde los que consagró la Revolución Francesa hasta los estipulados en las Cartas Universales de Derechos Humanos y en las grandes encíclicas de este siglo. Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.
     De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. [...] De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores.
   [...] De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra - ¡triste privilegio argentino! - que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.


Madres y Abuelas de la Plaza de  Mayo manifestándose en  Buenos Aires.
     Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a estos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus listas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inutiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.
     [...] De estos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal».


Y el prólogo de Ernesto Sábato concluye diciendo: «Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Unicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado».

Ante esta investigación y esta denuncia hoy tiene toda la razón el diario El Público cuando afirma:





En segundo lugar, creo que en este blog al que llamamos CANTAMOS COMO QUIEN RESPIRA no podemos dejar de evocar el disco "Romance de la Muerte de Juan Lavalle" (1965), cantata escrita por Ennesto Sábato –en su libro "Sobre héroes y tumbas" (1961)–, que fue musicalizada por Eduardo Falú, e interpretada por el propio Ernesto, Eduardo Falú y Mercedes Sosa.




Esta obra se centra en torno a la muerte en combate del militar y político argentino Juan Lavalle. Refiriéndose a ella Ernesto Sábato escribía:

«Publiqué "SOBRE HEROES Y TUMBAS" en el año 1961, en el que escribí la tragedia final del General Juan Lavalle –su decisión de tomar Buenos Aires, después de organizar en Montevideo el plan de derrocamiento de Dorrego–. Se han escrito muchísimas páginas de historia sobre aquel desdichado acontecimiento. Cuando me decidí a tomarlo para mi novela, no era, en modo alguno el deseo de exaltar a Lavalle, ni de justificar el fusilamiento de otro gran pátriota como fue Dorrego, sino el de lograr mediante el lenguaje poético lo que jamás se logra mediante documentos de partidarios y enemigos; intentar penetrar en ese corazón que alberga el amor y el odio, las grandes pasiones y las infinitas contradicciones del ser humano en todos los tiempos y circunstancias, lo que sólo se logra mediante lo que debe llamarse poesía, no en el estrecho y equivocado sentido que se le da en nuestro tiempo a esa palabra, sino en su más profundo y primigenio significado». 


Ernesto Sábato y Mercedes Sosa.
Ahí, en la fotografía, están presentes sus rostros: Ernesto y Mercedes...; ausentes, ¡sí!...; pero también muy presentes...; presentes en sus obras, en sus sensibilidades y, sobre todo, en su defensa de la justicia y de la libertad que siempre compartieron.

FOTOGRAFÍAS PARA EL RECUERDO

Interrumpo, por un momento, el "cuelgue" que estoy preparando sobre la lamentable muerte de ERNESTO SABATO, para mostrar una serie de fotografías de Juan Miguel Morales, relacionadas con la Fiesta-Concierto a Gabriel Celaya; son fotografías, algunas de ellas muy personales, pero que tienen, al menos para mi, un importante valor afectivo y que me apetece compartir.

Valga este álbum fotográfico como agradecimiento, primero a Juan Miguel, y, en general, a todos los creadores –aparezcan o no en estas imágenes– que participaron generosamente en la fiesta.

Lugar de encuentro.

Pablo Guerrero con su sonrisa solidaria y generosa.

Víctor Alfaro y Fernando Lucini repasando el desarrollo de la Fiesta

Pablo Guerrero, Fernando Lucini y Alfonso del Valle.
¡Qué pequeño me siento entre estos dos grandísimos artistas!

Jesús Garriga –recién llegado de Canarias–. Antonio Higuero y Fernando Lucini.

Cogiendo fuerzas en un bar cercano a la Sala Galileo.
Manuel Cuesta, Fernando Lucini y Pablo Guerrero repasando.

Recibimiento a Rafa Mora, Moncho Otero y Fernando Lobo, 
a las puertas del Galileo Galilei.

Nati, sobrina de Amparo Gastón y de Gabriel al final de la fiesta.
La emoción fue incontenible.