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sábado, 29 de enero de 2011

PATRICIA FERNÁNDEZ y su permanente volar –sin miedo– hacia la ternura

Patricia Fernández es una cantaotura granadina que tiene claro su horizonte y que ha decidido "volar" hacia él, sin miedo... Horizonte en que habrán, sin duda, muchos sueños y muchos deseos –que yo desconozco–, pero entre los que destaca uno, que es evidente y no puede ocultar: componer canciones, cantar, y hacerse cómplice –cantando– con el deseo de amar, con  la belleza y con la sensibilidad.


Ese "volar" de Patricia es un volar muy consciente y muy realista –a pesar de que en sus canciones proyecta una personalidad soñadora–.

Consciente y realista porque sabe que el camino a recorrer es largo y duro; sobre todo cuando de lo que se trata –como es su caso– es de luchar por la música y por la canción en la que cree y a la que ama, haciendo frente a todo tipo de dificultades.

Dificultades que ella –y otros creadores, como ella– tienen que afrontar, y que surgen en el camino como auténticos monstruos paralizantes; entre ellos –y me quedo corto– la mediocridad de los medios de comunicación; el acoso capitalista y castrante de la industria discográfica y de los empresarios que comercian con la música y con sus  creadores; el divismo insoportable e insostenible –pero protegido y rentable– de los "cantarines" y "cantarinas" del "pedorreo"; o la falta de unas políticas culturales serias y de calidad tanto a nivel estatal, como en Andalucía.

Frente a toda esa realidad, yo siempre vuelvo al mismo pensamiento: ¡Menos mal que hay mujeres y artistas como Patricia!...; mujeres y artistas que –como Patricia– llevan más de diez años defendiendo su trabajo –"Sin miedo a volar"–, y defendiendo, con su opción personal –como compositora y como cantante– el amor, la ternura y la sensibilidad... Pero ¡atentos!... defensas no por su condición femenina –que, como he repetido y repetiré hasta la saciedad, el amor, la ternura y la sensibilidad no son valores de "género"–, sino porque es un ser humano muy hermoso, y apasionadamente comprometido con la esencia de vida... Me atrevo a afirmarlo, no porque conozca personalmente a Patricia –a la que tengo ganas de conocer–, sino por lo que me cuentan, me sugieren y me hacen sentir sus canciones.

Su primer disco apareció en 2002, con la colaboración de Fran Fernández, Fede Comín, Fran Reca, José Antonio Delgado y Nano Ramos.

Primera manifestación de su sentir, que se abre cantándole a la "Vida" –su título genérico–, que a lo largo de sus once canciones desnuda la realidad de «que no es posible vivir sin el calor de una mirada», y que concluye, reivindicando, si fuera preciso, "un par de alas", para aprender a volar, y ¡volar!, junto a la persona amada.

Un canto al "amor" claro, directo, apasionado, y, a la vez sencillo y complejo, es decir con las luces, las sombras y los "claroscuros" con los que siempre se construye la relación amorosa.

Ocho años más tarde, Patricia grabó y publicó su segundo CD titulado "Sin miedo a volar" (2010), disco en que resalta su coherencia respecto a sus planteamientos personales frente a la vida y al amor; y, a la vez, su clara evolución –madura y positiva– en cuanto a la interpretación y a la musicalización de sus textos.


En este disco Patricia contó con la producción musical, los arreglos y el acompañamiento de Joaquín Calderón, y pudo disfrutar de la compañía de músicos como Pablo Prada, Fernando Lamadrid, José Mena, Jordi Gil e Ismael Sánchez en el tema "Mírame, mírame", de Adolfo Langa. A los coros no pudo faltar: José Antonio Delgado, de quien incorporó en el disco la canción "No me mato más por ti".

Y ahí queda –en 10 canciones– Patricia Fernández; Patricia reafirmándose en que se perderá buscando versos que le hagan recordar la presencia del amado entre la gente, y sus ganas de volar...., y que "la vida es más sencilla sin miedo a volar"... Patricia conjugando en  verbo "dar" –"porque al dar se abren caminos"–, el verbo "amar" –"porque amando se descubren las maneras de arriesgar y lo importante que nos une"– o el verbo "ser" –"y es que ser es todo un reto".

CENTENARIO DE GABRIEL CELAYA. Previos apasionados a un centenario - II


SE AMABAN MUCHO, 
SE AMABAN APASIONADAMENTE
Amparo Gastón (Amparichu) y Gariel Delaya
Gabriel Celaya –seudónimo de Rafael Múgica Celaya– se casó, en 1938, con Julia Cañedo; tuvo dos hijos y trabajabó de ingeniero industrial y gerente en la empresa familiar "Herederos de Ramón Múgica".

Le apasionaba la escritura, y en sus ratos libres no dejaba de escribir; sus primeros poemas –firmados como Juan Leceta– se publicaron en libros como "Mares de silencio" (1935) y "La soledad cerrada", que como consecuencia de la guerra civil no pudo ser publicado hasta 1947.

Gabriel Celaya en casa de sus padres. San Sebastián
Pero Gabriel Celaya no se sentía feliz... En aquellos años, el poeta vivía inmerso en una gran contradicción: por una parte su vida cotidiana acoplada a las pautas y hábitos del "buen burgués", y, por otra, su pensamiento, su sensibilidad y sus ideales republicanos, revolucionarios y claramente solidarios y antifranquistas.

En 1946, tras recuperarse de una complicada enfermedad, Gabriel conoció a Amparo Gastón, que también era poeta. «El 8 de octubre Celaya acudía a la librería "Relieve" de San Sebastián a entregar ejemplares de su libro. Ante la cristalera de la librería, se encontraba Amparo, con quien el poeta trabó conversación˝ – cuenta Félix Maraña en su artículo "Amparo Gascón, compañera y cómplice de Celaya".

Fue un auténtico flechazo. A partir de aquel día, Gabriel decidió separarse de su primera mujer, abandonó la empresa familiar, y se unió a Amparo: "su salvadora".

«Fue Amparito,
de repente real, de repente prodigio
materialmente fijo,
quien me salvó del caos cuando estaba perdido...
...desde entonces,
nos sentimos tan seguros, tan unidos,
Amparito
y este viejo burgués arrepentido».
(A Amparitxu. "Cantos Iberos" 1975)

Gabriel y Amparo se amaron apasionadamente –yo fui testigo de ello–. Un amor que Gabriel nunca dudó de verbalizar en muchos de sus poemas.

«Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que –¡basta– te beso!

¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate, todo existe porque existes
y si irradias, no voy vacío, ni razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez gracias a ti, vuelvo a sentirme niño».
(Dedicatoria final. "Función de uno, equis, ene" 1973)

Permitidme que os cuente una entrañable anécdota relacionada con el gran amor que unía a Gabriel y a Amparitxu.

Gabriel, a veces, cuando nos juntábamos a comer, o a cenar, contaba que uno de los mejores recuerdos que tenía de Julia, su primera mujer, era lo bien que hacía la "mus de chocolate"; recuerdo frente al que Amparo reaccionaba "celosilla" –a pesar de que llevaban más de 35 años juntos– diciendo: "Por eso yo jamás se la he hecho, seguro que me saldría mejor que a ella, pero no me da la gana". Entonces Gabriel sonreía, nos miraba con la claridad y la limpieza de sus ojos azules, y decía: "Es verdad, jamás me ha hecho, ni me ha dejado tomar, la "mus de chocolate"; ¡qué le vamos a hacer!, ¡y mira que me gusta!».

Una de las noches que vinieron a cenar a mi casa, a Tonona –mi compañera– se le ocurrió preparar de postre "mus de chocolate"; pensamos que aquello que nos contaban era una exageración y que si a Gabriel le gustaba le podríamos dar una sorpresa.

La cena como, siempre fue maravillosa –eran una pareja entrañable y escucharles era una gozada–; pero llegó la hora de los postres; Tonona se fue a la cocina y apareció en el comedor con una bandeja con cuatro copas de "mus de chocolate"... Amparo, al ver aquellas copas se puso furiosa, se levantó y se fue a otra habitación diciéndonos: "¡Está bien! comeros la mus y cuando la terminéis me avisáis"... Pero no, no nos la comimos, Gabriel se levantó, se fue detrás de Amparo, le dio un beso y le dijo: "Tonta, si no me la voy a comer"... y regresaron al comedor. Cuando regresaron la mus ya estaba en la cocina...

Parecerá una tontería. pero aquello me emocionó, me pareció muy hermoso y se me quedó grabado... Se quisieron apasionadamente hasta el último día...; la edad y el paso de los años no pudieron contra aquel gran amor, que como todos los grandes amores, no se puede concebir sin un poquito de celos.